Bring Me The Horizon – That’s The Spirit: Una década de espíritu indomable
Cuando «That’s The Spirit» salió al mundo ese 11 de septiembre de 2015, el ruido fue inmediato, para bien o para mal, estuvo lejos de pasar desapercibido. Algunos lo catalogaron como una aberración al género, otros hablaron de evolución, y un puñado —los más experimentales— entendieron que en realidad, Bring Me The Horizon estaba marcando un punto de no retorno en su identidad musical e incluso estética. Y este álbum no solo volvió a escribir su sonido, sino que les permitió reclamar su lugar como una banda que lograba trascender a los géneros musicales y sobrevivir a etiquetas, esas que crea la audiencia, pero en realidad, ellos querían mostrar la suma de todas sus partes, su identidad real.
Al revisitar este disco, diez años después, es curioso ver lo contradictorio que resulta, y todavía más, que esa paradoja sea intencional. Sí, es una placa sombría, llena de letras depresivas, adicciones, relaciones quebradas, desesperanza y un estado constante de falta de creencias, de falta de fe; y sin embargo, en términos de producción y accesibilidad, es su trabajo más luminoso, el que se ha destacado incluso por encima de los disidentes. Donde antes habían breakdowns puros, duros, riffs asfixiantes mezclándose con guturales, ahora tomaban el lugar unos sintetizadores que en inicio parecían coquetear con un todo pero no terminar de armarse, así que era incómodo para la época, se sentía como una risa maniática entre aires nerviosos, más “comercial” aunque eso no tiene por qué ser malo.
El paso de «Sempiternal» (2013) a este nuevo disco, no fue algo calculado, pues en su momento Oli Sykes reconoció que aún si en retrospectiva parecía una jugada adrede, el principal objetivo no era instalarse entre grandes en el mercado, sino que por el contrario, se habían lanzado para matar cualquier esperanza de regreso a ese deathcore que casi le costó la voz a Oliver, así que ese era el último clavo del ataúd en el que enterraron su pasado musical, pero que los liberó hacia una aventura de experimentación, de hacer la música que realmente se les daba la gana, y así, asumir el verdadero riesgo que era abrirse a un terreno donde o podían fracasar de manera estrepitosa, o simplemente marcar precedentes.
Musicalmente es un quiebre absoluto. Acá abandonan la brutalidad de sus antecesores para entrar de lleno a ese campo híbrido más alternativo, con electrónica e incluso melodías cercanas al pop. Es una cápsula que está trabajada hasta el detalle, la mano de Jordan Fish se siente, los beats programados, los sintetizadores flotantes y las texturas que van diluyéndose entre capas, son muy propias de su firma. “Doomed” abre con un pulso electrónico y el dramatismo de su lírica va en crescendo, donde el protagonismo recae en la atmósfera de la canción, un estribillo clásico hoy en día. «Happy Song» en cambio, recupera las guitarras más contundentes, marcando un ritmo atrevido, el cual en suma de los coros infantiles, goza de un sarcasmo casi perturbador.
“Throne” es uno de los puntos altos, con un estribillo coreable y brillantez en su estructura, mientras que “True Friends” baja las revoluciones en un corte más de cuerdas, manteniendo aún así, ese gancho melódico que es efectivo, directo y de percusiones nítidas. Y sí, «Follow You» aunque fue el experimento más popero de esta entrega, es una de sus canciones más entrañables, la que se dedica o la que lloras, no tiene puntos medios. En lo rítmico se despega totalmente de cualquier toque agresivo, pero sigue sonando a ellos, y su tono más cargado a la melodía es casi una balada hoy dentro del universo del metalcore.
«What you need» y «Blasphemy” son temas que se apoyan más en guitarras distorsionadas, con un groove más clásico pero en términos de alcance, goza de estructuras simples que gustan de todas maneras y sirven de transición para llegar al clímax. «Avalanche» es probablemente de las más emocionales de la lista, con un coro catártico, suena pulido y repleto de un sentir que es capaz de quedarse en ti incluso tras la escucha.
«Run» vuelve al espacio más electrónico, pero otra vez la mutabilidad nos devuelve a «Drown» un tema altamente melancólico que tiene un gancho vocal enorme «What doesn’t kill you, makes you wish you were dead… Got a hole in my soul growing deeper and deeper» es una frase que se quedó tatuada en muchos, probablemente al día de hoy siga doliendo. Finalmente, «Oh No» además de ser infravalorada, le da un guiño inesperado al funk electrónico, un sonido que roza el trip-hop, pero que contrasta como broche final a la perfección.
En conjunto, el «That’s The Spirit» funciona como un experimento donde se prioriza la producción, el ambiente y el gusto por sobre la brutalidad. Logran un sonido más expansivo, no es metalcore por definición y tampoco pretende ser eso, pero todos los elementos que tiene marcan un antes y después. ¿Es su mejor disco? Probablemente no, «Sempiternal» (2013) sigue teniendo más contundencia, es más inmediato y fue mucho más ambicioso, pero este es sin duda decisivo, sin él, BMTH jamás habría alcanzado el estatus con el que gozan ahora, siendo una de las pocas bandas británicas capaces de mover masas sin importar el género en que los quieras encasillar. Además, lo especial de esta entrega son justamente sus imperfecciones, y a la larga, ese espíritu osado de avanzar sin claridad de hacia dónde, es lo que los ha mantenido con vigencia y relevancia por tanto tiempo, ese impulso todavía se siente hoy, una década más tarde.


