Cartas para un príncipe en la eternidad: Un homenaje del equipo de Nación Rock a Ozzy Osbourne
Ya agotamos todas las palabras, el mundo entero ha llorado, nosotros hemos llorado, pero aún así, con el lenguaje agotado y las energías a medias, desde Nación Rock sentimos que, a pesar de que ningún homenaje le hace justicia, es necesario continuar celebrando el legado de Ozzy, y escribimos desde la herida y el luto algunas palabras para expresar nuestra despedida.
Patricio Avendaño – Director Nación Rock
La idea de vivir sin Ozzy era una verdadera pesadilla que no queríamos tener. Para cualquier rockero/a o gente cercana a su música o la de Black Sabbath tan solo pensar en aquel día era casi como algo apocalíptico. Y ahora debemos vivir con eso, asumirlo. Pero tratemos de tener algo de consuelo en estos negros días: al parecer este mundo cada vez más algoritmico ya no lo merecía. Un concierto lleno de teléfonos en alto no le hacían justicia. Ver nacer bandas por la IA que podrían emular su música con un par de clicks tampoco. Y ha sido duro, pero también se siente como el cierre de un ciclo que señala que tal como un cometa espacial o un tornado (como se caracterizó su vida y ese guiño al Mago de Oz de su magnífico primer álbum) su figura fue un verdadero fenómeno de la naturaleza. Hoy hay más lágrimas que análisis. Y esperemos los ciclos de la vida y el universo nos vuelvan a retumbar fuerte y claro algo tan importante como la energía tan orgánica de su espíritu:»¡LET THE MADNESS BEGIN!»
Matías García – Colaborador Nación Rock:
No sé si esto tiene sentido en mi, pero desde que supe que se murió Ozzy no he parado de llorar. Todo el día. Y no entiendo por qué me duele tanto. O sí, pero no sé cómo explicarlo.
Hace días ya venía medio roto. Terminé una relación hace poco y tenía esa tristeza conocida, esa que se instala callada en el pecho, pero que no se va. Y ahora esto. Es como si alguien abriera una puerta y se viniera abajo todo lo que quedaba en pie.
Se sabía que podía pasar. Ozzy venía mal hace rato. Incluso tuvo su despedida en vida. Y lo pensamos. Sé que lo pensamos. Pero no pensamos que sería tan pronto. Y duele. Duele mucho. Porque aunque uno se prepare, no es lo mismo imaginarlo que vivirlo. Pensé que con los años me había hecho más fuerte. Que estas cosas se pasaban con una canción, con un cigarro o una conversación entre amigos o colegas. Pero no. Hoy no supe cómo volver a la normalidad. No supe cómo seguir como si nada. Me senté, lo leí, puse “Changes” y se me vino el mundo encima. Esa canción que siempre me dio calma hoy me dejó vacío.
No era solo un músico ni el Príncipe de las Tinieblas que mordía murciélagos. Era parte de mi historia. Y la de muchos. Su voz estaba ahí desde siempre. En las noches tristes, en los viajes largos, en los días en que no tenía a quién llamar. Ozzy fue eso. Un tipo que venía del fondo de Birmingham, lleno de sombras, que cantaba como si el infierno y el cielo le quedaran igual de cerca. Y a mí me hablaba desde ese lugar. Como diciendo “Puedes estar hecho mierda, pero sigue. Mírame a mí”.
Y hoy ya no está. Y yo me siento un poco más perdido. Se me juntó todo. El silencio, su muerte, el temblor en la voz, esta pena que no se va. Vuelvo al Back to Beginning y me parte. Como si hubiera perdido a un familiar cercano. Y no sé a quién le escribo esta vez. Si a Ozzy, a ti o a mí mismo. Pero necesitaba escribir esto. Porque hoy se murió Ozzy. Y yo no sé cómo volver al mundo sin que me duela todo.
Gracias, Ozzy. Me dejas más solo, pero con tu voz grabada para siempre en la piel.
Ignacia Cornejo – Colaboradora Nación Rock:
Se siente raro el día cuando asumes que Ozzy Osbourne nos dejó. El mismísimo príncipe de las tinieblas y responsable de esa música que, tú, yo, todos escuchamos. Y el universo se siente un poco más vacío al haber perdido una de las personas más salvajemente humanas que le han habitado, Ozzy eres historia y continuarás celebrando lo que dejaste aquí desde las sombras, porque seguirás siendo la voz del delirio, de la pérdida, del amor y de la ira, esa ira en la que no te dió miedo mostrar los dientes y rugir. Serás por siempre una jodida leyenda. En tu vida, rodeado de imperfecciones y rock n’ roll, e incluso preso de un cuerpo lleno de enfermedades te diste el lujo de irte como un puto rockstar de esta tierra sucia, a la que cada vez, le falta más un poco de alma.
Querido profeta loco, donde quiera que estés, con Lemmy, con Bowie, con Layne, Kurt, o Freddie, te deseo un viaje sublime. Tus enseñanzas son eternas viejo querido, para todos quienes vivimos y vibramos con la música, y estoy segura de que hasta el infierno te respeta. No te olvidaremos, porque la infinidad de tu legado es incomparable, es algo más allá de géneros musicales o de fanatismos ciegos, es simplemente la sensación de pérdida que nos toca la fibra, de esos momentos donde sabes que algo valioso se ha perdido, pero no para siempre, al menos no en nuestras memorias.
Javier Bravo – Periodista Nación Rock:
A veces es difícil no asociar ciertos géneros musicales a artistas y su imagen. La estética juega un rol importante en el camino al volverse un ícono. Y si bien lo hecho por Ozzy con Black Sabbath y en su carrera solista siempre estuvo teñido de negro en sus carátulas y guitarras pesadas/oscuras, me llamó mucho la atención el derroche de alegría y hasta ternura que proyectaba en el escenario.
Quizás -y para los menos familiarizados- su recuerdo esté conectado siempre a la «caricatura» del verle mordiendo una cabeza de murciélago, con el uso de cruces, o con el último trono negro que se le vio en su concierto final de despedida para su carrera. Pero creo que todos los que tuvimos a Ozzy como un referente desde la infancia o adolescencia, supimos apreciar e interiorizar esos gestos felices que en sus primeros años estaban llenos de vitalidad, y que en sus últimos años eran más sinónimo de voluntad para darle vuelta a un estado de salud determinante.
Puede que lo único bueno que dejó el hype que hubo hace años con el reality de él y su familia, es que queda documentado el cómo esta alegría que expresaba a través de la música, también la entregaba a su familia y amigos (no por nada es que Zakk Wylde habló de Ozzy como un padre en reiteradas ocasiones). El afecto puede habitar en tonos negros.
Es triste saber que, el músico que dio paso a elevar y mostrar el trabajo de músicos clásicos a esta altura, como Randy Rhoads, Mike Bordin o el mismo Zakk Wylde, ya no está con vida. Pero es más triste el saber que esa alegría que emanaba, también se va con él.
Hoy es un día para recordar que seremos testigos de la muerte de muchos de nuestros ídolos con quienes crecimos, pensando que estarían siempre «ahí»; no necesariamente creando todo el tiempo, pero «ahí». Es un buen consuelo el pensar que podemos seguir disfrutando de la música con la misma energía que Ozzy tuvo en vida y que, ojalá (si nuestras condiciones lo permiten), podamos vivir la experiencia de lo revelador que puede llegar a ser el ver a nuestros ídolos en vivo.
Ricardo Mora – Colaborador Nación Rock:
Hace apenas unos días celebramos su despedida oficial de los escenarios, su última gran faena, su triunfo sobre achaques y enfermedades tan graves, que muchas otras personas en condiciones así de difíciles jamás pensarían siquiera estar en un recinto con 45 mil personas y escuchar heavy metal por más de 10 horas, mucho menos salir al escenario y cantar con tanto brío.
John Michael Osbourne, ha dejado este plano, a él le llora su familia y seres queridos, en cambio, Ozzy Osbourne se ha vuelto inmortal, su impacto, su legado tocará generaciones y generaciones.
A veces es difícil separar al hombre del mito, pero Ozzy se encargó de recordarnos una y otra vez que su vida estuvo llena de aciertos y fallas. Reconocía públicamente la suerte que tuvo, rara vez presumía de su talento o quizá nunca lo hizo; y pese a la vergüenza que le generaba, recordaba sus momentos más oscuros, no por presunción, sino para recordar que hay una oportunidad de redención, difícil de lograr, pero asequible si hay amor alrededor de ti.
Nos queda escucharlo, buscar inspiración y agradecer que haya escrito: Ozzy Zig Needs a Gig!
Nos queda una discografía que se extiende en infinitas direcciones, casi tanto como el género que ayudó a crear, nos queda la eternidad si aprendemos a escucharlo
Macarena Polanco – Periodista Nación Rock:
Dicen que Ozzy se fue para siempre, pero eso es un error. Seres como él dejan una huella que no se limpia, solo se esparce y se convierte en vibración, en estrella siempre luminosa. Seres como Ozzy llegan a ser sinónimos de algo más grande que ellos mismos: de una época, de un sonido, de un impulso vital que empujó a millones a gritar cuando el mundo parecía apagado y la vida en su ciudad y muchos otros países se consumía por la pobreza. Hoy sentimos una pena inmensa, como si se apagara un sol negro que nos iluminó desde lo más profundo de su oscuridad y nos aturde el pensar cómo reemplazaremos esa luminosidad.
Nos queda su voz, que no era solo canto: era conjuro, protesta, carisma disfrazada de locura. Nos queda el temblor eléctrico de cada riff que lo acompañó, de su risa extraña, de su manera de andar perdido entre mundos y, al mismo tiempo, más lúcido que ninguno. Puede ser un cliché decir que nos queda el consuelo de que Ozzy no se va del todo, pero es real, porque vivirá en los discos que compramos, vivirá en cada persona que encontró refugio en esa música extraña que soñó y compartió. Miles encontraron en el metal una identidad, una sacudida.
Sí, se ha ido el hombre, pero el mito apenas comienza. Adiós terrenal al Príncipe de las Tinieblas que iluminó al mundo con un nuevo estilo, con una música que nació desde su existencia y la encarnó hasta el minuto final y en ese concierto final que, de alguna manera, nos indica que todo ocurrió como él lo quiso.
Gracias por tanto viejo loco. El metal no muere nunca.
Javier Pérez – Periodista Nación Rock:
Mi carta de presentación a la música de Ozzy fue un cassette pirata, como muchos de los que se grababan en esa época. Una caja blanca en la casa de mi tía, sin nada más que las palabras «BLACK SABBATH» en el lomo. Esa cinta fue parte de la banda sonora de mi infancia, que musicalizó tareas escolares, onces y jornadas de aseo, marcando una presencia inconsciente en mi memoria; mientras que en mis tíos, replicaba recuerdos e imágenes de una alegre juventud.
Fue en mi adolescencia cuando redescubrí a Black Sabbath y me interesé en la carrera de Ozzy como solista, transformándose en el fetiche durante noches de conversaciones infinitas y amistades que se forjaban al sonido de Planet Caravan o War Pigs.
Para quienes disfrutan de aquellos sonidos más oscuros y pesados, no es una exageración decir que Ozzy y su repertorio son el origen de todo. El punto donde todo encuentra su raíz. Por eso es que su pérdida se siente como algo tan inmenso y doloroso. Es, literalmente, la despedida del creador de una escuela musical completa que sigue evolucionando hasta hoy. La ausencia terrenal de Ozzy no marca un fin. Muy por el contrario, consolida un legado eterno, que jamás dejará de susurrarnos desde las tinieblas.

