Chelsea Wolfe regresa mucho más intensa e intimista con el sólido y transformador «The Dark»
Después de dejarse hipnotizar tras los 40 minutos y algo de lo que nos trae el nuevo álbum, da la sensación que con The Dark, Chelsea Wolfe entra en una etapa distinta de su carrera. No se desconoce ni se «reinventa», pero sí es distinta, exploradora, transformadora.
Y es que ya contamos casi dos décadas donde la vemos construyendo una imagen y sonido muy propio, que ha ido desde folk oscuro, drone, doom, industrial y gothic rock, pero ahora la artista californiana deja atrás al menos algunas de las formas que definieron su música para mirar directamente hacia un enfoque mucho más personal y musicalmente más intensa aún.
En She Reaches Out to She Reaches Out to She (2024, discazo por cierto), Wolfe ya hablaba de desprenderse de versiones anteriores de sí misma. The Dark continúa ese proceso desde un lugar más íntimo y menos agresivo. El quiebre de una relación, el aislamiento, el paso de los años y la necesidad de recuperar una identidad propia forman la roca densa que contempla buena parte del álbum. A sus 42 años, Wolfe aborda ese cambio con una claridad que antes parecía menos accesible en su música.
The Dark es un disco más cálido, melódico y directo, aunque nunca abandona completamente la oscuridad que ha acompañado su obra, por eso, el nombre, de hecho. La producción de Jennifer Decilveo, junto a su colaborador habitual Ben Chisholm, desplaza el protagonismo de la electrónica hacia guitarras, bajos, baterías y arreglos más orgánicos. El doom y el drone aparecen mucho más contenidos, mientras emergen referencias que van desde Nick Cave y The Cure hasta Sisters of Mercy, Cocteau Twins y Nine Inch Nails.
“Cold” abre el álbum con una melancólica mezcla de guitarras acústicas, piano y percusión contenida. La canción transforma el insomnio provocado por una relación quebrada en una escena casi física. “I’m Not There” enfrenta directamente la pérdida de identidad, mientras “Halo” y “Swallower” muestran una faceta más cercana al goth y al rock alternativo.
Uno de los grandes aciertos está en “Humours”, donde la música recupera parte de la tensión característica de su obra. Percusiones, electrónica, guitarras de Chisholm y Robin Finck —de Nine Inch Nails— crean una atmósfera inquietante mientras Wolfe canta sobre esconderse del mundo y finalmente liberarse. En “The Dark”, en cambio, utiliza la imagen de un bosque para hablar de encontrar refugio y afecto en medio de una etapa difícil, dejando entrar una calidez poco habitual en su catálogo.
“Death Is Not the End” profundiza todavía más en ese cambio. Construida desde una base principalmente acústica, funciona como una reflexión sobre la pérdida antes de que Finck irrumpa con guitarras ásperas que rompen la calma. “Dancer in the Sky” se acerca a una canción de amor épica y abiertamente emocional, con un estribillo que parece pensado para escenarios mucho más grandes.
Ese es uno de los aspectos más interesantes de The Dark: Chelsea Wolfe sigue sonando reconocible, pero sus canciones ahora parecen preparadas para salir del circuito de culto que durante años acompañó su carrera. Su voz ocupa un lugar diferente, pasando del susurro a la intensidad y al grito sin esconderse detrás de capas de producción.

