Enrique Bunbury en Barcelona: La vida, un circo en medio del huracán

Enrique Bunbury en Barcelona: La vida, un circo en medio del huracán

Fotos: Gloria Limontes

Reseña: Ben Marcus 

La música del aragonés errante no se escucha: se vive, se siente y, sobre todo, permite habitarla y disfrutarla. El espectáculo de Bunbury funciona como un viaje donde el alma se convierte en malabarista, equilibrista y espectadora al mismo tiempo.

Anoche, el Palau Sant Jordi se convirtió en un cabaret con alma de teatro viejo donde el maestro de ceremonias no necesitaba presentación. El mundo circense tiene su propia banda sonora, y como no podía ser de otra manera, “Otto e mezzo” fue la encargada de levantar el telón y marcar el compás de una velada musical en mayúsculas.

Con una puesta en escena milimétricamente calculada, los músicos fueron tomando posición uno a uno, mientras la tensión en el Palau crecía como una ola: el público rugía, sabiendo que la aparición de Bunbury era inminente.

Llegaban los primeros acordes de “El club de los imposibles”, que hicieron que el Palau estallara en un clamor eléctrico. La espera había terminado: el domador del huracán estaba en la pista, y el circo acababa de empezar. El repertorio trazó un puente entre el pasado y el presente, donde clásicos como “De mayor, “El Extranjero”, “Infinito” y “El Jinete” (con ese solo interpretado a la perfección por Mr. Mena) se entrelazaron con las heridas frescas de “Las Chingadas Ganas de Llorar”, estrenada apenas el 5 de septiembre. Como un susurro del tiempo, Bunbury rescató “Canto (el mismo dolor)” en directo, un regalo inesperado.

Especial atención mereció la siempre emotiva “Desmejorado”, de Bushido —la banda improvisada formada por Carlos Ann, Shuarma, Morti y el propio Enrique, que tras quince días de encierro en una masía de Tarragona dio vida a este maravilloso disco—, donde el mensaje cala hondo y sin rodeos, “sigo igual, sigo tal cual, quizás desmejorado, y el arrabal amargo en el paladar”.

Bunbury, ese artista que en su momento prefirió no compartir escenario con David Bowie por el respeto y la admiración que siente por él, está en plena forma. Con sus carreras, gestos y movimientos, dejó claro que sigue siendo un frontman de primera: sabe cómo ganarse al público y llevarlo a su ritmo. Y pese a las dudas que hubo hace tiempo, su voz sonó fuerte y segura, levantando a la gente en cada estribillo. El clímax estalló con el bloque más rockero, donde “Apuesta por el Rock and Roll” fue la chispa que incendió el escenario. A partir de ahí, el show se convirtió en una ráfaga de riffs y adrenalina con “Sí”, “Sácame de aquí”, “Enganchado a ti” y una imponente “Lady Blue” que tiñó el pabellón de un azul eléctrico.

Tras dos horas de música intensa, cuando en otros conciertos el público comienza a retirarse, aquí nadie se movió. Mientras Bunbury se despedía del San Jordi con “Y al final”, la gente, que llenaba más de la mitad del Palau, permanecía atrapada y entregada a cada segundo de lo que sería la última canción.

Enrique Bunbury sigue ampliando un legado que no pide permiso ni ofrece disculpas, y lo amas o lo odias, y eso es precisamente lo que hacen los artistas que dejan huella: no pasan, se quedan.
Porque con Bunbury, la vida es eso: un circo en medio del huracán… y el show, siempre, debe continuar.

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