Entrevista con Hesse Kassel: los nuevos desafíos, la proyección internacional y la marcha de un segundo álbum que marcarán su 2026
Previo a su debut en Lollapalooza Chile y en un momento clave para la banda, conversamos con Renatto Olivares, integrante de Hesse Kassel, sobre el presente del proyecto y el camino que los trajo hasta acá. La conversación se da justo antes de subirse por primera vez a uno de los escenarios más visibles del circuito local, y en la antesala de su próximo viaje a México.
En la charla, Renatto repasa el proceso creativo y humano detrás del segundo disco, las decisiones que marcaron su nuevo sonido, el peso de las expectativas, la relación con la escena chilena y lo que significa para una banda como Hesse Kassel llegar a instancias que, hasta hace poco, parecían lejanas.
Antes de entrar de lleno en lo nuevo que se viene, quería partir por el proceso. El segundo disco llega en un momento bien distinto para la banda, con más recorrido y otra experiencia encima. ¿Cómo fue el proceso de grabación de este nuevo trabajo?
El proceso fue bastante similar al de La Brea, sobre todo en lo humano. Estar los seis grabando siempre implica tiempos muertos, montaje, microfonía y todo ese lado técnico que te obliga a convivir más, a compartir, a tirar la talla. En ese sentido fue entretenido y bien cercano. La diferencia es que hoy estamos mucho más afiatados como banda, grabamos con otra seguridad y con otro tipo de motivación. No es que haya sido mayor o menor, sino distinta, porque también las canciones traen otras preocupaciones y otros desafíos.
Las canciones nuevas resultaron más dinámicas y entretenidas de grabar, quizás porque son más directas y se abren a otro tipo de energía. En La Brea había temas más introspectivos y melódicos que exigían un estado emocional muy específico, donde cualquier error se notaba de inmediato. Ahora, con más tiempo tocando juntos y después de un año bien intenso, sentimos que el material estaba más probado, más vivido. Aun así, hubo momentos exigentes, propios del proceso, que te empujan a salir de la zona cómoda y a crecer como músico y como banda.
Pensando en La Brea como punto de partida, ¿este disco sigue esa línea o abre un camino distinto en términos de sonido y composición?
Yo no siento que el disco nuevo se expanda ni remita demasiado a La Brea. Obviamente seguimos siendo la misma banda y trabajamos con los mismos recursos, pero esta vez hubo un ejercicio más consciente de autocrítica. Con La Brea éramos una banda prácticamente desconocida, muy cerrada a nuestra propia opinión. Ahora hubo muchas más voces alrededor, críticas positivas, negativas, lecturas profundas. Y aunque no soy muy de leer todo eso, sí lo conversamos como banda y hubo varias observaciones que sentimos que daban en el clavo con nuestras falencias.
Este disco nace desde esa digestión. Nunca nos propusimos hacer algo “como La Brea” ni tampoco alejarnos deliberadamente. Lo que salió fue orgánico, pero con una mirada más crítica sobre nuestro rol como músicos y como proyecto. Eso también se refleja en una mayor participación de todos, en ampliar el rol de algunos integrantes, incluso en lo vocal. A nivel sonoro, siento que son discos bien distintos. La Brea es más etéreo, más cinematográfico, más cercano al post-rock. Este nuevo trabajo es más preciso, más contenido, quizás más progresivo y art rock, pero sin excesos. Musical y discursivamente intentamos decir más con menos.
En este momento del proyecto, ¿cómo describirías la relación entre función y forma en las decisiones creativas de la banda?
Esto también responde a una cuestión bien práctica. Con La Brea, cuando tocamos en vivo y hay una restricción de tiempo —media hora, cuarenta minutos—, terminamos tocando muy pocas canciones. Tres o cuatro temas y se acabó el show. Eso, inevitablemente, nos hizo pensar en querer tocar más canciones, mover más el set y pensar el disco desde el vivo. Pero no fue solo una decisión logística, también tuvo que ver con ganas reales de innovar y de salir de un lugar que ya veníamos habitando hace tiempo.
La Brea salió en 2025, pero muchas de esas canciones las veníamos tocando desde 2023. Era un disco muy influenciado por sonidos ingleses o europeos, con una carga melancólica y solemne que en ese momento nos hacía sentido. Hoy sentimos otra cosa. Somos cabros, tocamos para gente joven, y nos empezó a chocar esa solemnidad constante. Este disco prioriza más el ruido, canciones más directas, más coreables, pensadas para el vivo. Es un material mucho más conectado con cómo queremos sonar arriba del escenario ahora
¿Desde dónde nace hoy la escritura en este segundo disco?
A nivel lírico, este disco intenta atajar algo que en el debut estaba presente, pero muy mezclado. La Brea tenía un discurso, pero estaba diluido entre muchas capas: lo emocional, lo atmosférico, lo estético. Había reflexiones sobre identidad, sobre lo que significa lo chileno o lo latino en el arte, sobre cómo nos apropiamos de lenguajes que vienen de afuera, y también sobre cómo muchas propuestas culturales son ninguneadas en su momento y recién valoradas después. Todo eso estaba ahí, pero no necesariamente de forma clara.
Hoy sentimos la necesidad de ser más precisos. No tanto por responder a críticas, sino porque entendemos que cuando hay más escucha también hay más responsabilidad. Este disco tiene más ganas de decir algo, de sostener un mensaje con imágenes más concretas, con un discurso más directo. No porque antes no existiera, sino porque ahora queremos que se entienda mejor qué estamos pensando y desde dónde estamos hablando.
Ahora que hay más miradas puestas en la banda, ¿cómo manejan el peso de las expectativas y la presión que inevitablemente aparece en este momento del proyecto?
Yo creo que el foco nunca estuvo en cumplir expectativas. Lo que sí ha cambiado es la manera en que nos exigimos a nosotros mismos. Atajar mejor las autocríticas y algunas críticas externas no nace de querer agradar, sino de un ejercicio personal y colectivo de cuidado del proyecto. Para nosotros es importante que la banda se mantenga sana, tanto a nivel creativo como humano. La opinión de afuera existe, pero no dirige el camino. Estamos bastante fuera de esa lógica, cada uno tiene su mundo y sus prioridades. Por eso la discusión creativa se da principalmente hacia adentro, desde una autoexigencia que viene del grupo y no desde la necesidad de responder a la gente. Eso es lo que hoy sostiene el proyecto.
México aparece como un nuevo escenario para la banda, ¿Cómo apareció esa posibilidad y cómo fue el proceso para llevarla a cabo?
Esto surge directamente desde la gestión que estamos haciendo con Armónica, que es la agencia con la que estamos trabajando ahora. La verdad es que estamos bien felices con ellos, porque ha sido un trabajo súper honesto, bien aterrizado y realista. La oportunidad salió simplemente porque había interés. En un comienzo la idea era ir solo a Ciudad de México. Yo les planteaba a los chiquillos que sería bacán hacer una fecha allá y volvernos, incluso sin ganancia o derechamente invirtiendo plata, y ver cómo nos las arreglábamos. Con el tiempo, la fecha empezó a ir bien y gracias a eso también llegaron varias ofertas que ya eran buenas. Ahí nos dimos cuenta de que había un interés real que no sabíamos que existía. Todo se fue dando de manera bastante natural.
También mencionabas el caso de Candelabro, que se va a España, y ahora HK que van a México. En ese contexto, ¿qué papel creen que pueden jugar bandas chilenas como ustedes en la construcción de puentes culturales fuera de sus fronteras?
Creo que, más allá de la importancia de los puentes culturales, para mí lo central es reafirmar cada vez más el valor del producto nacional. Que se entienda que estas son bandas que afuera se quieren, y que ojalá se quieran acá con la misma intensidad. Reforzar la idea de que, en el futuro, Chile sea un lugar seguro para estas bandas, donde puedan desarrollarse sin estar siempre en esa discusión de si son queridas o no.
Porque muchas veces da la sensación de que las bandas locales son tan queridas como odiadas, aunque yo creo que en realidad son más queridas. Me gustaría que pasara lo mismo que ocurre con bandas de afuera. Que puedan llenar locales en un día y que, si es necesario, se abran más fechas. Siento que esa es la verdadera gracia de estos proyectos que hoy están saliendo a otros países en buenas condiciones. Que ese reconocimiento también se traduzca en un respaldo real acá, en su propio país.
Que la música chilena se escuche harto internacionalmente, ¿crees que se debe a su singularidad o porque aprendió a dialogar con códigos globales?
Siento que la música chilena, en general, suele remitirse a códigos globales, porque muchas de las influencias de los proyectos musicales vienen de ahí. Un ejemplo claro son Los Prisioneros. Es un proyecto profundamente chileno, pero que se construye desde el punk, desde una actitud y una respuesta que nacen en otros países. Eso hace que pueda llegarle a la gente de manera más transversal que el folclore chileno como tal. En ese caso, la identidad no pasa tanto por lo sonoro, sino por lo discursivo. Si uno mira la escena o el circuito de bandas nacionales, la mayoría dialoga con referencias globales, jazz, indie, distintas formas de fusión. Asia Menor, por ejemplo, en su debut responde a géneros más ligados a lo canadiense; uno imagina que su segundo disco irá por otro lado, y lo mismo pasa con muchas otras bandas. Candelabro, nosotros mismos, Estoy Bien, Déjenme Dormir, todas son propuestas que parten desde géneros foráneos, donde la piedra angular no es tanto el origen del sonido, sino el lenguaje. Creo que ahí aparece una singularidad muy propia de Chile. El acento, la forma de hablar, la manera de decir las cosas. En Chile nacen propuestas muy particulares, incluso extrañas, dentro del contexto latinoamericano. El problema es que estando adentro es difícil verlo con claridad. Tal vez alguien de Argentina o de Perú podría decir “los chilenos hablan de una forma muy particular”, pero yo no lo sé, porque soy chileno. No tengo una respuesta clara de por qué pasa, solo la sensación de que esa particularidad existe.
Antes de México, se viene Lollapalooza. ¿Cómo enfrentan ese escenario? ¿Cómo una meta alcanzada o cómo parte de un recorrido que todavía está creciendo?
Como banda lo tomamos con calma. Primero porque igual es bacán que se nos haya considerado y que estemos ahí en el cartel. Eso ya aliviana harto la pega, en el sentido de que más gente te escucha, más productores cachan lo que estás haciendo y se empiezan a abrir posibilidades que antes no estaban tan a la vista.
En lo musical no lo vemos como un desafío tan grande. Donde sí está el tema es en lo técnico. Estar muy encima de los tiempos, del reloj, de no pasarse, de tener todo listo y con respaldo. Son cosas que en otros shows uno no siempre tiene tan presentes, pero en un escenario así se vuelven clave, y ahí es donde hay que estar bien aguja.
Para ir cerrando, después de México y del paso por Lollapalooza, ¿en qué etapa sienten que entra Hesse Kassel y qué se puede esperar de ustedes en lo que viene?
Yo creo que el primer semestre va a estar bien enfocado en el disco. Hay varias ideas y planes dando vuelta, cosas bacanes, pero este rubro es bien irregular, entonces tampoco puedo decir “vamos a hacer esto, esto y esto” con total certeza. Lo más claro es que el foco va a estar en lanzar el disco y en ver cómo empieza a caminar una vez que esté afuera.
Obviamente aparecen las expectativas, propias y ajenas, y no es que eso no nos importe, pero tratamos de ponerlo un poco entre paréntesis y concentrarnos en que el disco tenga sentido para nosotros. Después, lo que venga, va a depender mucho de cómo se reciba y de las oportunidades que se abran. A grandes rasgos, lo que sí sentimos es que el paso que sigue tiene que ver con profesionalizar aún más el proyecto y seguir tomándolo con la seriedad que viene pidiendo desde hace un tiempo.



