La ruta hacia Lollapalooza: The Black Keys, manteniendo vivo el fuego del rocanrol

La ruta hacia Lollapalooza: The Black Keys, manteniendo vivo el fuego del rocanrol

Si nunca han estado en condición de embriaguez luego de ir a un bar de mala muerte, de esos que el olor a cerveza y humo de cigarrillo se sienten a metros de distancia, probablemente no entiendan porqué los Black Keys representan ese espíritu del rocanrol añejo -sin más epítetos- y que es pura pasión. Como diría el perenne Mick Jagger: “es sólo rocanrol, y nos gusta”.

Y es que el sonido de los Black Keys llama de inmediato la atención. Obviamente son dos hombres que nacen en el espíritu del low-fi como recurso sonoro para cautivar con una pincelada vintage a una generación que cada vez se interesa menos por ese tipo de música.

Pero el camino al éxito para los de Ohio fue largo. Claramente la inflexión fue en el 2007, con su quinto disco: Attack & Release, siendo incluso considerado uno de los álbumes fundamentales de la década pasada. Es un disco cargado de un espíritu viejo y mucho poder. Su música se destila en la nostalgia de garaje del rock de Billy Gibbons y John Fogerty; aires del sur gringo se respiran con la melancolía impulsada por la guitarra poderosa de Dan Auerbach, reminiscente de Duane Allman, pero económica y burda.  Y las voces que no hacen otra cosa que traernos a la memoria al viejo Dr. John. Un gran favorito de una escena rockera que ha perdido fuerza y seguidores, pero que se mantiene allí, buscando nuevos artistas que legitimen y mantengan viva la llama del buen rocanrol. Y lo de Dan Auerbach y Patrick Carney es justamente eso: mantener vivo ese fuego.

Pero sería tremendamente injusto no citar a uno de sus mentores: el productor Brian Burton, también conocido como Danger Mouse (famoso por haber pirateado a los Beatles para ponerlos a cantar con Jay-Z y por haber producido Demon Days de Gorillaz). Es el hombre clave en llevar el nuevo sonido de las teclas negras a una aventura musical llena de agresividad, simpleza y actitud, que los impulsó a las portadas de las revistas y a recorrer el globo ya con su siguiente larga duración: Brothers, del 2010. Con este trabajo, Mouse los puso al frente de la nueva generación, con canciones como ‘Howlin’ For You’, ‘Everlasting Light’ y ‘Psychotic Girl’. Sin duda, se alejaron un poco de la crudeza de los sonidos previos y abrieron las puertas del reconocimiento comercial de un dúo famoso por sus descargas psicodélicas y setenteras en concierto, razón por la cual tuvieron un agitadísimo 2010 y 2011, repleto de presentaciones en vivo en los programas de televisión más importantes de los Estados Unidos y las premiaciones mundiales más televisadas del planeta. Unos cuantos Grammys y jugosos contratos, también. Y por supuesto: se convirtieron en los regalones de los medios, de la industria y de la multitud.

Así, la consolidación máxima llegaría a fines del 2011 con su álbum El Camino, donde los keys vuelven a la carretera, vuelven a los burdeles, a los perfumes baratos, a las chicas fáciles en bikini, que tanto nos gustan, que tanto nos encantan por fugaces pero místicas e inolvidables noches en la siempre peligrosa ruta, plagada de diablos, sonrisas, noches largas y vuelos eternos. La música bombea sangre a velocidad constante y hay riesgo y deleite en estas nuevas canciones.

La estocada definitiva fue ‘Lonely Boy’. Es cosa de ponerse a buscar en YouTube algún video donde la toquen en vivo y ver cómo la multitud se alza en un rugido bestial de aceptación. Da algo en el pecho. La canción galopó en los rankings como buen caballo pura sangre por una estepa árida de rock que es nuestra época de música actual. Poderosa y solitaria como el llanero de las historietas. Tiene todas las cosas por las que amamos a los keys: esos teclados setenteros y el bajo fuzz reventado, con la bellísima voz de Dan y su guitarra alcoholizada, acompañada de la batería de Pat que suena como una taquicardia a punto de convertirse en un infarto. Es una canción que contagia y cautiva. Va a una velocidad perfecta, es corta y se puede bailar en una sola baldosa; tiene un coro pegajoso y una fórmula sencilla de tres minutos que no se pone con rodeos y que repite y repite los mismos acordes al mejor estilo de los mejores riffs de la historia como ‘Back In Black’ de AC/DC. Demasiado rockera para ser “indie”. Demasiado popera para ser el relevo del hard rock.

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En fin, The Black Keys es una banda con mucho poder, rocanrol, groove, sensualidad, amateurismo y testosterona. Poco sirve saber que tienen siete discos, que dentro de sus influencias también citan mucho al hip hop que tanto gusta a Auerbach (gesto que se cristalizó en el excelente Blackroc, de 2009), que no son nuevos en este difícil juego de entertainment musical (aunque recién el 2010 MTV les diera el premio de «artista nuevo»), pero han ido cautivando a un séquito de fervientes amantes de sus canciones, sedientos rockeros querendones de las cosas nuevas que suenan a viejas y de las viejas que aún siguen estando muy buenas. Uno de los artistas imperdibles en la nueva versión del Lollapalooza 2013 en nuestras tierras. No todos los días podemos disfrutar a una banda en el peak de su carrera. Así que es tiempo de ponerse a aprender la coreografía de Derrick T. Tuggle (que nos enseñó que no es necesario ser Travolta o Jackson para lucirse en la pista de baile) y danzar la noche del domingo 7 de abril con los acordes de The Black Keys.

César Tudela

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