Masters Of Rock día dos: Himnos que no envejecen
Fotos: Camila Luengo
El segundo día del Masters of Rock estuvo marcado esta vez como una celebración del poder intacto de los clásicos, una declaración rotunda de que el paso del tiempo no desgasta al que alguna vez supo ser marcado a fuego. En el Movistar Arena, la nostalgia no fue un refugio sino una fuerza viva, vibrante, capaz de estremecer con la misma potencia de antaño. La jornada reunió a tres gigantes que, lejos de vivir del recuerdo, demostraron que aún tienen voz, cuerpo y alma para seguir escribiendo capítulos en la historia del rock.

Las guitarras de Álvaro Paci abrieron la noche con riffs precisos que marcaron el pulso desde el primer segundo. Enigma navegó entre pasajes íntimos y poderosos, construyendo momentos de tensión y catarsis sin caer en excesos. Con una puesta en escena minimalista, el énfasis estuvo en la fuerza de las composiciones y la coherencia del set. En menos de una hora, la banda condensó treinta años de trayectoria en un espectáculo vibrante, dejando en claro que se han ganado un lugar en el metal chileno.
La presentación de Queensrÿche en el Masters of Rock fue una clase de elegancia sombría y eléctrica, desplegando su metal heavy progresivo como una arquitectura sonora que sigue siendo tan desafiante como hipnótica. Desde el primer tema, el sonido de la banda se desplegó con precisión quirúrgica. Cada tema se sintió construido para impactar, con transiciones que funcionan como escalones hacia un clímax compartido, donde la comunión entre precisión técnica y energía visceral alcanzaba un punto de unión. Una experiencia tan meditada como apasionada, que confirma por qué la banda sigue siendo un faro de autoridad en ambos territorios sonoros.
Todd La Torre reafirmó que es un intérprete comprometido, que respeta el espíritu de Geoff Tate pero que canta con sello propio, con una entrega que equilibra técnica y emoción. Su presencia fue magnética, su voz precisa y su conexión con la banda se tradujo en un sonido compacto, de alta fidelidad emocional. En una noche cargada de historia, Queensrÿche ofreció una lección de vigencia, de cómo se puede seguir emocionando desde la música siendo fiel a su propio lenguaje.
Cuando Europe subió al escenario lo hizo con la tranquilidad de quien ya no necesita demostrar nada, pero con la energía de quien aún tiene mucho por decir. Ya no son solo los autores de uno de los himnos más reconocibles del rock ochentero: son una banda madura, sólida, que ha sabido reinventarse sin romper con su identidad. Su setlist equilibró la gloria de sus hits con la solidez de una etapa madura, más cargada de hard rock. Joey Tempest, dueño del escenario, siempre carismático, fue el eje de una actuación que combinó oficio y entrega. No hay impostura en su presencia. Cantó como si el reloj no hubiese avanzado desde aquellos días dorados, pero con la sabiduría que solo se gana con los años. Domina el escenario como quien lo habita hace décadas, sabiendo exactamente cuándo soltar un gesto, cuándo dejar que la multitud cante y cuándo crear el desenfreno de la gente.
Por supuesto, cuando llegaron los clásicos Carrie, Superstitious y, sobre todo, The Final Countdown el Movistar Arena se rindió por completo. Pero lo más valioso fue que ese momento no eclipsó el resto de la presentación, fue un cierre natural que se sostuvo por sí mismo, que no vivió del recuerdo sino del presente. Europe demostró que un mito puede ser superado cuando la banda que lo generó sigue creciendo con él.
Y entonces llegó el huracán: Scorpions convirtió al Movistar Arena en una cápsula del tiempo que, lejos de mirar atrás con melancolía, celebró el presente con una vitalidad conmovedora. Porque hay bandas que cuando tocan activan memorias colectivas. Y Scorpions es una de ellas. Porque Still Loving You sigue rompiendo corazones y Rock You Like a Hurricane sigue siendo un grito que estremece multitudes. Klaus Meine, Rudolf Schenker, Matthias Jabs y compañía ofrecieron un espectáculo imponente, preciso y profundamente emotivo. Su energía desmintió cualquier prejuicio sobre la edad y convirtió la noche en un manifiesto de vigencia. Gas in the Tank, de su último disco, demostró que siguen componiendo con garra. Pero fue con The Zoo, Send Me an Angel, Winds of Change y Big City Nights que el Movistar se convirtió en un coro unificado, emocionando hasta los huesos. Klaus Meine, con esa voz intacta y gestos nobles, agradecía una y otra vez como quien no da nada por sentado.
Uno de los momentos más destacados del set de Scorpions fue, sin duda, la presencia imponente de Mikkey Dee tras la batería. Verlo en vivo fue, para muchos, un privilegio en sí mismo. El ex Motörhead no solo ocupa el trono de la batería de Scorpions, lo hace con una potencia demoledora, una precisión quirúrgica y una actitud que impone respeto desde el primer golpe. Su solo —con homenaje a Motorhead incluido— fue uno de esos momentos donde el tiempo se detiene y el cuerpo responde al instinto más primario: el del ritmo. Mikkey no necesita presentación, pero cada vez que toca, la reafirma. Es una leyenda viviente de la batería, un motor incansable que lleva décadas marcando el pulso del rock más intenso.

Más que un festival, esta segunda jornada del Masters of Rock fue una afirmación poderosa de que hay bandas que no necesitan reinventarse para seguir siendo esenciales. Que algunas canciones no envejecen, no se oxidan, porque están hechas de verdad. Queensrÿche, Europe y Scorpions no están aquí por nostalgia: están porque su música sigue marcando vidas, porque sus canciones aún generan sentido, pertenencia, emoción. Porque cuando suenan himnos como Queen of the Reich, Carrie o Winds of Change, algo se activa en jóvenes que los descubren por primera vez y en generaciones que crecieron con ellos como banda sonora de sus propios relatos.
Mientras exista un escenario donde sonar con convicción, una guitarra que busque conmover y un público dispuesto a entregarse a esa experiencia, el rock no será un capítulo cerrado: será una voz que persiste. Y algunos nombres, como los que desfilaron en esta noche, seguirán rugiendo como el primer día.




