American Football – «LP4»: Abrazar la electrónica con la esencia de siempre
Polyvinyl, 2026
El fenómeno que ha generado American Football en los últimos años es sólo equiparable a lo hecho por proyectos como Slowdive o My Bloody Valentine; bandas que, luego de desaparecer, retornan con fuerza y hambre creativa, con la ventaja de tener un público masivo que les ha esperado por años. Tras su retorno con «LP2» en 2016, y la expansión instrumental que significó «LP3» en 2019, con composiciones más complejas y experimentales que se alejaban de su core math-rock, yendo hacia hacia el shoegaze o el post-rock, con ciertas similitudes a Tortoise o Death Cab for Cutie. Luego de una extensa celebración entre 2024 y el año pasado con motivo del aniversario número 25 de su álbum debut que incluso los trajo por primera vez a Sudamérica (sin pasar por Chile), la banda liderada por los Kinsella sorprendió con el anuncio de un nuevo largaduración para este 2026, provocando emoción y expectativas en redes sociales. Lo que inicialmente se concebió como un grupo escolar sin pretensiones, pasó a ser el ícono de todo un género que creció hasta ser una figura clave para entender el desarrollo del emo en los 2000. Y ahora, con la madurez y experiencia de los años de ruedo, entrega una nueva obra cargada de melodías que viajan en sonoridades oníricas que se escuchan maduras, pero donde es fácil identificar los cimientos de sus inicios.
Es preciso recalcar que, a simple escucha, poco queda de esa efervescencia juvenil de los primeros años. Pero está lejos de ser algo negativo. Son más de 20 años de experiencia musical que sus integrantes han construido a través de diversos proyectos musicales, y se nota en lo rico del trabajo de producción, arreglos y composición. Los sintetizadores son una pieza fundamental en este disco, y se dejan percibir desde los primeros segundos de «Man Overboard», donde nos encontramos ante una de las piezas más cinemáticas de la banda a la fecha. La voz de Mike se siente presente y cercana, en medio de una batería libre que no explota, con guitarras que sirven como una capa etérea donde la banda puede descansar. Un formato menos experimental pero calmo llega con «No Feeling», donde los arreglos electrónicos suman atractivos colores a las guitarras de Kinsella cargadas al chorus. También, se percibe la primera colaboración del álbum que llega con las voces de Brendan Yates, vocalista de Turnstile, quien tiene una larga amistad con la banda y que otorga una impronta distintiva al track. «Blood On My Blood» sigue una línea similar, donde el glockenspiel nos recuerda un poco a su disco anterior, con dulces contribuciones vocales de Caithlin de Marrais.
Es interesante y positivo el ver cómo la banda usa, por primera vez, la electrónica como un conector permanente a lo largo de todo este trabajo. A ratos otorga calma y sensaciones de ensueño, pero también, dramatismo y contención en melodías que se mueven entre la ternura o la nostalgia, como sucede en «Bad Moons», que fuera el primer single publicado. «The One With The Piano» aparece como un pasaje breve pero que da un respiro en la escucha, haciendo un guiño a su primer álbum con el título, pero también con la trompeta tan característica del grupo. El piano volvería a aparecer en «Patron Saint of Pale», que acelera levemente los ánimos y lo deja como elemento central, con palmas y coros infantiles.
Las letras de Mike Kinsella siempre se han caracterizado por tener una lectura curiosa respecto a la adultez y a los vínculos. Juegos de palabras y metáforas sustentan una narrativa donde nada queda al azar, con escenarios descriptivos a profundidad, como sucede en «Wake Her Up», con una clara influencia de «La desconocida de Sena», mimetizándose con el amor de una persona por la incógnita difunta de París (donde la voz de la joven artista Wisp no podría calzar mejor). «Desdemona» se siente como uno de los cortes donde el dream pop prima con mayor fuerza, con guitarras que nos recuerdan al tono logrado por Robin Guthrie o Neil Halstead, en un track que se siente nostálgico y com toques de tristeza.
Los últimos aires del álbum llegan, precisamente, con «Lullabye»; un pasaje instrumental cargado de ternura y arreglos fugaces donde, nuevamente, brilla el glockenspiel. «No Soul to Save» se siente como una despedida sólida, concentrando la mayoría de los recursos del disco en una sola canción, y con una de las letras mejores logradas de Kinsella, perfecta para dar el cierre de un trabajo redondo que se convierte en otro acierto en la discografía de la banda.
La transición del sonido de «LP1» (1999) a lo hecho recientemente por la banda es como ver a una persona crecer y madurar; un proceso lleno de complejidades, pero también con todas las ganancias que entrega la experiencia y que se traducen como el aprendizaje que nos da forma. La entrega de American Football dejará, de seguro, satisfechos a sus seguidores y a las personas que se crucen con el proyecto por primera vez. El no conformarse con repetir una fórmula que les significó -con el tiempo- reconocimiento mundial, es la mejor prueba de la integridad artística de la banda, y sólo queda esperar a que se mantenga.


