Art rock en clave contemporánea: bienvenidos al maravilloso mundo de The Last Dinner Party

Art rock en clave contemporánea: bienvenidos al maravilloso mundo de The Last Dinner Party

¿De qué hablamos cuando hablamos de art rock? Dicen que de una banda o artista que desborda el formato rock y lo cruza con otras experiencias: cine, pintura, cómic, teatro, ópera, etc. Una banda que en conjunto va un poco más allá del mero hecho de ser solo música, y que además invita a dejarse encantar con todo eso que admiramos de las representaciones artísticas -cualquiera que sean- sumándolas a su universo. The Last Dinner Party pensó en esa idea casi como facción innata, las llevan en las venas y van por más: un abanico estético que empezó a tomar forma en la universidad, entre cinco chicas con intereses comunes y una idea clara del mundo, y de querer cambiarlo, a su manera. 

Formadas en Londres, el grupo construyó su identidad antes de empezar a coquetear con el mainstream y la atención mediática y ser acusadas del fantasma del «Industry Plant»: vestuario de época, dramatismo en escena y una noción clara de arte barroco y espectáculo, pero lo mejor de todo, es que además les sobran buenas canciones.  “Nos encanta disfrazarnos”, plantea Georgia Daves (bajista y voz), sintetizando una estética que es parte del eje central de la banda, que se complementa además con una cuidadosa fijación en lo clásico, al borde de lo victoriano y con un sentido de la épica, dulces voces y melodía que ha empezado a cautivar cada vez más y por muchos rincones del planeta.

Y eso se percibe desde las portadas hasta sus memorables canciones. Si ya habían deslumbrado con su debut «Prelude To Ecstasy» (2024), en «From The Pyre» (2025) doblaron la apuesta en todo sentido. Y es que hicieron todo eso y mejor.

Vamos al formato en vivo: La banda propone sus conciertos como espacios participativos, donde la audiencia también entra en el juego visual y juguetón, porque tenemos al frente una banda que encanta por su música, pero que quiere crear una experiencia inusual, que quiere que te vayas con algo más para la casa. “Queremos que el hecho de venir a un show sea una oportunidad para vestirse y expresarse”, explica Abigail Morris, voz principal. 

Pero no nos confundamos, es una banda muy joven, y que usa la teatralidad barroca de Florence Welch fusionada con la narrativa confesional de Lana Del Rey y cierta ironía feminista cotidiana que recuerda a Wet Leg, pero con aderezos de la magia de The Beatles y la capacidad de inmersión colorida de Bowie en sus estructuras. Aunque con una vocación más grandilocuente. Las canciones de TLDP digámoslo: están hechas para rugir en estadios. También hay rastros de art rock setentero y pop de cámara, visibles en arreglos y dinámicas. Si vemos por estos días que bandas de esta estirpe, como Arcade Fire vienen un poco de capa caída, acá tenemos a una banda sólida desde los cimientos, convirtiéndose tal vez en la mejor promesa británica de los últimos diez años.  

“Nothing Matters”  fue su carta de presentación: una balada que escala hacia un clímax intenso, donde la ironía romántica se mezcla con desafección. La línea “And I will fuck you like nothing matters” instala de inmediato el tono directo, en “Sinner”, el foco se desplaza hacia la culpa y el deseo, con una interpretación vocal que alterna contención y desborde;“I’m a sinner, I’m a sinner” se repite como declaración más que como confesión.

El crecimiento del proyecto ha sido rápido: en pocos meses pasaron de salas pequeñas a compartir cartel con The Rolling Stones y Lana Del Rey y se han hecho acreedoras de diversas nominaciones. Frente a esa exposición, la banda insiste en que no se dejará atrapar por las luces: “No vamos a cambiar… seguimos siendo amigas”, afirman,  y que se afirma en una propuesta colectiva y que opta por dejar de lado el liderazgo individual. 

En cuanto al público, el fenómeno ha superado expectativas. A una base mayoritariamente femenina se sumó un grupo amplio de hombres jóvenes. “No lo esperaba”, admite Abigail. Más que la cantidad, la banda destaca el cambio en la recepción: menos condescendencia, más atención al trabajo musical.

Con From The Pyre, la banda enfrentó el cliché de «la barrera del segundo» álbum sin retroceder niun segundo, al contrario. El disco expande su mundo: dramatismo alto, referencias más rebuscadas y una escritura que oscila entre ironía y exceso. La apertura, “Agnus Dei”, instala el tono con la línea “Oh here comes the apocalypse, and I can’t get enough of it”, mientras la promesa “All I can give you is your name in lights forever” fija el eje entre devoción y espectáculo.

 

El álbum se mueve entre contrastes: “Count The Ways” mezcla imaginería religiosa con un pulso rítmico cercano a Arctic Monkeys; “Second Best” cruza armonías épicas. En “This Is The Killer Speaking”, aparece un tono oscuro vinculado al universo de Nick Cave and the Bad Seeds, mientras “Woman Is A Tree” se apoya en atmósferas más densas y «Rifle» nos deja uno de los momentos más cautivantes del rock británico de los 2020’s con esas deliciosas lineas y la grandeza de su coro. La teatralidad de comedia negra sigue en “Hold Your Anger”“I dreamt that you cut off your arm”— y se desplaza hacia un registro más cercano al folk en “Sail Away” y ese maravilloso nuevo himno llamado “The Scythe”, sin contra que en el cierre, “Inferno”, abre sin ningún reparo con la banda diciendo “I’m Jesus Christ”.

The Last Dinner Party propone un formato donde lo visual y lo musical están al mismo nivel. Canciones que funcionan en streaming, pero pensadas para escenarios teatrales de tintes shakesperianos. 

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