Cancionero Rock: “Tejedores de Ilusión” – La Ley (1993)

La Ley

Dentro del cancionero legado por la música popular chilena de los 90, sin duda ‘Tejedores De Ilusión’ fue uno de los éxitos más grandes. Su exquisita esencia pop/rock la hacen inconfundible e icónica, y dirigió –tal vez sin desearlo- las banderas musicales de la década y formó nuestras conciencias pop en la preadolescencia.

‘Tejedores De Ilusión’ es el track con que inauguran su homónimo tercer disco en 1993, mismo año en donde Jorge González haría bailar a la generación con ‘Ésta Es Para Hacerte Feliz’ y Aleste dejara una huella indeleble con ‘Hay Un Límite’. Para La Ley, este disco significó el replanteamiento de su estética visual y musical. Mientras la carátula mostraba la evidente cita al Sargent Pepper (1967) de The Beatles, sus look se volverían más glamurosos, en sintonía con las tendencias de la época. Un trabajo nada de azaroso. 1993 representaría el momento en que intentaban dar el salto hacia el mercado internacional.

Bajo la misma premisa iba dirigida su apuesta sonora. Se inspiraron en el new wave británico, coqueteando con el dance rock de Duran Duran, el synth pop de Tears For Fears y el darkwave de The Cure, obteniendo como resultado un sonido pop-rock de fina selección, único en el país, que conquistó muchos oídos y corazones de decenas de jóvenes, pero que fue muy resistido por fanáticos del rock y, curiosamente, por la crítica especializada.

Producida por el argentino Mario Breuer (Fabulosos Cadillacs, Lucybell, Charly García), el sonido logrado en esta canción es una actualización de lo mostrado en Doble Opuesto (1991). Su columna vertebral es la continua línea de bajo de Luciano Rojas, que galopa en una pradera recreada, con maestría y elegancia, por el pulso constante de la batería de Clavería, cuya caja suena como una cascada que cae en los platillos y se fusiona al ritmo programado del secuenciador. Los arpegios armónicos de la guitarra de Bobe van acompañando sinuosamente, estallando en unos precisos riffs en la intro y en el estribillo. El resto lo hace la interpretación siempre dramática de Beto Cuevas, que alcanza su cenit en el coro, inmortalizando la esperanzadora frase “un nuevo día vendrá / Y cantaremos / Shalala liber / Shalala libertad” en medio del desaliento grunge.

Pero el tándem Bobe-Cuevas, bajo esa atractiva sonoridad lograda, decidió suscribirle otro elemento más a la canción a través de su letra: una declarada crítica en contra de la institución eclesiástica, especialmente contra la inconsecuencia de su moral, inyectada en la sociedad mediante su participación en el sistema educativo.

Tejedores de ilusión
Comulgadores
Tejen grandes vendas
Para ocultar
La estancada realidad
En que vivimos
Una triste dignidad

La educación católica es hasta hoy una extensión del foco preferente de acción de la Iglesia en cuanto a su participación en la coyuntura sociopolítica (y los problemas que ésta engendra) y a la preocupación por los problemas éticos y morales que afectan a la sociedad. De esta manera, los “nuevos” temas de discusión a principios de los 90 como el aborto, la educación sexual, el SIDA y sobre todo el divorcio, representaron el némesis que debían combatir con una férrea postura de defensa de sus valores. El devenir histórico da cuenta lo errada de esta postura. La Ley lo hizo a través de esta canción sin tanta metáfora en el primer lustro postdictatorial.

Estancadores de emoción
Predicadores
Hablan de crisis moral
Cuidan tanto sus costumbres
Y tu pena crece más
Y nuestra vida sigue igual 

Esta crítica, que aún la mercurial prensa especializada sigue insistiendo que fue “camuflada” (bajo la absurda premisa –supongo- que la canción social sólo puede ser ejecutada por músicos militantes), la banda la refuerza en su videoclip, donde música y letra son acompañadas de escenas que remiten al video de ‘Another Brick In The Wall’ (1979) de Pink Floyd y a las imágenes finales de la película ‘Los 400 Golpes’ (1959) de François Truffaut.

Aún con este antecedente, las estrategias de la industria lograron instalar la canción como uno de los grandes éxitos populares de los 90 en Chile y algunos países latinoamericanos (como Perú y Argentina), que aún pesa en la memoria musical de una generación. Curiosamente, pocos la reconocen por su contenido.

Con el paso del tiempo, la canción se volvió un clásico indiscutible para La Ley e involuntariamente, forma parte de la memorabilia de la cultura pop, gracias a un recordado spot publicitario de Pepsi. Otro antecedente viene de la mano de Eduardo Bonvallet que casi como un rito usaba la canción como cortina en sus diversos programas de radio y TV, elevándola a la calidad de cuasi-himno personal. Esa filiación llevó a un par de seguidores del autoproclamado “Gurú” a realizar un lienzo con el mensaje “UN NUEVO DÍA VENDRÁ” que extendieron en un codo del Estadio Nacional durante un partido de la Selección Chilena en 2015, como homenaje al futbolista y comunicador que había fallecido un par de semanas antes de dicho encuentro.

Pocas canciones en la discoteca nacional han adquirido tantos significados y han mantenido el carácter de himno popular. En tiempos donde se le busca una identidad a la actual generación de músicos etiquetándolos como “el nuevo pop de guitarras” y en donde aún la Iglesia pretende inmiscuirse en los asuntos de Estado, uno se remite a este tema y parafrasea internamente la última frase de la canción: la vida sigue igual.

Por César Tudela B.

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