Conciertos que hicieron historia: Europe en Viña 1990

Europe irrumpió con fuerza los rankings mundiales con su tercera placa, The Final Countdown (1986). Ya para la mitad de su gira promocional, el guitarrista John Norum dio un paso al costado; incómodo por el excesivo sonido comercial de la banda, que en sus inicios se asociaba al heavy metal. La vacante fue tomada por Kee Marcello, y con él pronto entraron al estudio para grabar el disco sucesor: Out of This World (1988). Potente y al que no le escaseaban éxitos; y cuya carta fuerte fue el single Superstitious, que sonó en todos lados. Cosecharon buenas críticas y no faltó la difusión, aprovechando el impulso con el que ya venían a toda máquina. Quién sabe cómo, quizás por el ninguneo que siempre recibieron del mercado estadounidense, terminaron mirando a Sudamérica para el periplo final de aquel tour mundial; pero referirse globalmente a Sudamérica es decir mucho, puesto que los únicos dos shows que agendaron en la región fue en el marco del Festival de Viña 1990. Las dos últimas noches del certamen, 25 y 26 de febrero. La primera abriéndola y luego dándole paso a Peter Rock, Catalina Telias y Dyango. La segunda cerrándola después que pasara Marisela, Alberto Plaza y Bertín Osborne.

Se acuartelaron algunos días, en un pequeño teatro de Viña del Mar, y de esos ensayos salió la canción Sweet Love Child, que aparece en su primer compilado 1982–1992. El resto del tiempo se la pasaron de fiesta por la Quinta Región, incluyendo un pequeño incidente de borrachos en una discoteca de Reñaca. Pero el espectáculo en sí se trató de una delicia, el mejor número anglosajón que ha tenido Viña. Fijémonos en el contexto, citando a Matías Fajardo del sitio Guioteca: “Este debe ser lejos el mejor acierto del rock en el Festival, en todos los ámbitos. Vinieron en un momento cúspide de su carrera, con seis o siete hits sonando duro en las radios, comercialmente atractivos, y con un show en vivo increíblemente apretado y bien hecho”. Chiquillos suecos entre 25 y 27 años, que ya eran superestrellas de clase mundial, vinieron a una cita que parecía sacada de la Radio Pudahuel (con la excepción de Cheap Trick, que también estaba en esa parrilla por partida doble). Con un repertorio que bordeó la hora y media de duración (aunque el de la noche inicial ligeramente más corto); de modo excepcional, y con completa soltura, prescindieron del material de sus primeras dos placas, optando por lo más oreja y melódico que tenían. Echémosle una mirada a la segunda jornada.

Joey Tempest al micrófono con una camisa hawaiana desabrochada, y una Gibson Les Paul blanca al hombro para el primer par de temas, dio el vamos con Ready or Not; y sin respiro continuó Danger on the Track. Desde allí en adelante todo se fue por un tubo hacia arriba; mucha retroalimentación entre banda y público, sin faltar los diálogos en español. Let the Good Times Rock, otro de los últimos singles que venía sonando fuerte, para subir las pulsaciones; entregaron una primicia con Seventh Sign, que sería parte de su siguiente trabajo: Prisoners in Paradise (1991). More Than Meets the Eye fue la joya oculta del show; y que después de una decena de conciertos, ese mismo año, no apareció por las siguientes dos décadas (volviendo a ser incluida ni más ni menos que en el Teatro Caupolican, en noviembre de 2010). Las lentas estuvieron a cargo de Carrie y Open Your Heart, con gritos desaforados de las adolescentes; consiguiendo, en apenas media hora, que toda la Quinta Vergara pidiese la antorcha.

Una pausa para el solo de guitarra del nuevo, Kee Marcello, y luego entró una furiosa versión de Heart of Stone. Superstitious fue una fiesta de por sí: como ya se dijo más arriba, era la carta fuerte del disco que venían presentando, y no tuvieron problema para intercalarla junto a No Woman, No Cry de Bob Marley; y al final le acoplaron un instrumental de nombre Calypso, mientras subió una veintena de chicas del público para bailar con la banda. Bad Blood fue otro adelanto del ya mencionado Prisoners in Paradise, antes del gran punto alto: una de las mejores versiones en vivo de Cherokee y Rock the Night, donde la audiencia tomó un nivel protagónico que no se puede llegar a creer. Después del intermedio en que apareció Antonio Vodanovic, y les entregó la antorcha de plata, se lanzaron con el bis: cómo no con The Final Countdown, y hasta se dieron el tiempo de incluir un par de covers, A Hard Day’s Night y Hound Dog.

Crearon un vínculo especial con el país. Que se ve reflejado en los, hasta el momento, cinco retornos que han tenido desde fines de la década pasada (un par de ellos siendo viajes exclusivos para tocar en varias ciudades de Chile, como en 2009 y 2018; de Brasil y Argentina ni hablar). Ellos siempre han recordado y se refieren a los conciertos de 1990, retratándolos como un gran suceso de su carrera. Y lo dejaron en claro cuando comentaron que uno de sus deseos era volver a tocar en Viña del Mar; objetivo que cumplieron en 2012 presentándose en el Casino Enjoy, y rematando el año pasado cuando regresaron al Festival de Viña. Lazos de ese tipo se cuentan con los dedos de la mano, añadiría a la lista Faith No More, que inició su romance en 1991 también en el certamen viñamarino; y por supuesto Iron Maiden, con la cancelación de su concierto en la Estación Mapocho en 1992. Pero el caso de Europe es particular, no se dio por tratarse de extravagancia o por un plan truncado; sino por estricta e impecable calidad musical, rayando la perfección en una época donde recién comenzaban a llegar espectáculos de ese tipo. Gajes del oficio escandinavo.

Por Gonzalo Valdés

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