Conciertos que hicieron historia: Los Prisioneros – Estadio Chile (1986)

Conciertos que hicieron historia: Los Prisioneros – Estadio Chile (1986)

Tras haber sido un centro de detención y tortura, al comienzo de la dictadura de Augusto Pinochet (1973), el Estadio Chile se hizo tristemente célebre por el asesinato de Víctor Jara; razón por la cual el lugar lleva el nombre del cantautor —desde septiembre de 2003. Pero a mediados de los 80’s, aquel que es más gimnasio que estadio, se convirtió en una plaza de conciertos dentro de la capital chilena —en una cartelera, por supuesto, casi inexistente debido a la complicada situación política y social por la que pasaba el país. Por esos años fue famoso debido al paso de artistas argentinos; como es el caso de Charly García, Virus, G.I.T. o Soda Stereo —como algunos nacionales, estos últimos siendo apilados en un mismo cartel. Casi todos los nombrados shows siendo amparados bajo el ciclo Free Concert, patrocinado por la gaseosa Free.

Pero la excepción que confirma la regla fueron Los Prisioneros, que se tomaron el escenario como la atracción principal en dos noches consecutivas: 1 y 2 de noviembre de 1986 —conservándose el video multi cámara de la primera. La ocasión: el lanzamiento de la segunda producción de los oriundos de la comuna de San Miguel, Pateando piedras (1986). Llegado a estanterías mes y medio antes, fue un batatazo que en sus primeros diez días se endosó 5.000 copias vendidas —y poco después del paso por el Estadio Chile, alcanzó el disco de platino con 20.000 unidades. Un hecho sin precedentes en el pequeño mercado local, desde el movimiento de la Nueva ola —durante los 60’s. Se superaron a sí mismos, dejando muy atrás los considerables números que lograron con La voz de los ‘80 (1984) —que apenas tuvo algo de cabida en las míticas funciones.

Minimalismo en estado casi puro, sólo añadiéndosele de manera intermitente el teclado de Jorge González —en reemplazo del bajo. Justamente para hacer una ruptura con la reciente factura, inclinada hacia el techno, contabilizando allí nueve de las diez pistas —la única que no se interpretó siendo Una mujer que no llame la atención, junto con el recorte de Independencia cultural. Abriendo sin problema con Por qué no se van, o la gente coreando de forma anticipada a Quieren dinero; tras el micrófono improvisándose aquello de “¡Quiero más Gabrielas!”, en referencia a que por entonces el billete de mayor denominación era el de $5.000 pesos —recién en 1989 apareciendo el de $10.000. Lanzándole dardos a Ronald Reagan, figurante presidente yankee, en Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos —para escucharse al final, por parte del público, un “¡Y va a caer! ¡Y va a caer!”; aduciendo al ya mencionado Pinochet.

Las 11.000 personas que abarrotaron el sitio, entre ambas fechas, le dieron atmósfera de lo que parecía ser una temprana consagración; puesto que el grueso de las canciones que allí sonaron ganaron el status de clásicos —adjudicadas, como si fuese poco, a un trío que apenas tenía 21-22 años de edad. Suavizaron el sonido, deponiendo el cuasi rockabilly anterior, pero continuó la visión contestataria e incisiva —aunque también ganó espacio la introspección del vocalista. Como botón de muestra está, como penúltimo tema de la jornada, El baile de los que sobran; que se perfiló como la carta fuerte de Pateando piedras.

70 minutos de video, con el rótulo de inédito —rondando el rumor que la filmación le correspondió a un equipo de Canal 13, nunca siendo emitida en televisión. Pese a los errores de amplificación, y los escasos reflectores, adquirió un aura íntima —que el paso del tiempo elevó a la cinta como un material de culto. La única presentación íntegra, que se conoce, del primigenio periodo con la encarnación original; descontando un puñado de muy corta duración como la Teletón 1985, un asomo de 1987 en Lima, o para la campaña del No en el plebiscito de 1988.

El siguiente paso natural hubiese sido, dentro de tres meses, el Festival de Viña —como se escuchó por parte de los asistentes, en el reducto santiaguino, antes de Por qué los ricos: “¡En Viña los queremos!”. Pero el certamen era una enorme ventana internacional que se le cerró de golpe, con un régimen militar que no permitió ningún tipo de oposición; fama que precedía de sobra a Los Prisioneros —recién luciendo en la Quinta Vergara para la edición de 1991, ya sin Claudio Narea en guitarra, cortesía del retorno a la democracia el año anterior.

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