Def Leppard cinematográfico: Hysteria, la película

Pareciera ser que por estos días sólo se habla de biopics, y cómo no con el éxito de taquilla que trae desde octubre del año pasado Bohemian Rhapsody; como también se está hablando que para marzo será el estreno de The Dirt centrándose en la biografía de Mötley Crüe. Pero que sean producciones millonarias no siempre garantiza que sea lo que prometieron, sobre todo si se habla entre personas que son más que oyentes casuales. Porque aunque se esté tratando de ficción (y no, por ejemplo, un documental), y se comprenda ciertas licencias creativas para enmarcar mejor una historia, que se salgan demasiado del libreto produce cierto escozor. Imprecisiones de ese tipo que llovieron en la película de Queen.

En la vereda opuesta, con un presupuesto mucho más austero y de la que poco se habla, tenemos una cinta canadiense/estadounidense que se ciñó de mejor manera a la máxima: Hysteria — The Def Leppard Story (2001). Minúscula al punto que ni siquiera pasó por las salas de cine, se trata de una película derechamente hecha para la televisión. Pero que eso no engañe; que desde el reparto, como la ambientación y la banda sonora no tienen nada que envidiarle a los grandes estudios de Hollywood.

Con una rápida dinámica, en su eje central figura el baterista Rick Allen, que a fines de 1984 un accidente automovilístico le costó su brazo izquierdo. Y desde allí nos vamos para atrás. Hablar de Def Leppard es hablar de una banda obrera; y por supuesto que lo son (o fueron), si vienen de Sheffield, donde casi la única opción allá por 1977 era trabajar en fábricas metalúrgicas. Y fue ese el motor que llevó al vocalista Joe Elliot, luego de ser invitado por Pete Willis, para tomar las riendas; teniendo como objetivo salir del pueblo. Era su boleto de lotería, y él lo tenía claro: no querían ser una agrupación del montón, y se la pasaron el primer par de años ensayando y refinándose. Fue durante ese periodo en que se completó la formación, luego de que el baterista original abandonase, con un quinceañero Rick Allen ocupando las baquetas.

El debut con On Through the Night (1980), y un éxito menor con el single Hello America; un buen calentamiento para comenzar. Terminaron siendo acogidos por el productor Robert “Mutt” Lange (AC/DC, Foreigner); quien terminó de sacar el potencial con los discos High ‘n’ Dry (1981) y Pyromania (1983), perfilando los primeros éxitos radiales como Bringin’ on the Heartbreak, Photograph y Rock of Ages. Pero nunca se trató de un viaje sin turbulencias: por un lado ascendían a paso firme, pero siempre tenían un problema rondando. Pete Willis, en la guitarra rítmica, que se saboteaba a sí mismo (y que para mediados de 1982 ya estaba fuera).

Un baterista, con un brazo menos, del que no se tenía certeza qué iba a pasar con él. Un alcoholismo, en un comienzo silencioso, de Steve Clark; que para remate se potenció con el recién llegado Phil Collen (dando origen a los terror twins, haciendo temblar los bares). Con el productor en un año sabático, una figura casi paternal que se ausenta en el periodo más crítico, y que sin él no eran capaces de dar con la fórmula deseada; con la alineación incompleta, una rumba de demos descartados, y una deuda en el estudio de grabación que se empinaba en varios millones de libras esterlinas.

Sabemos que terminaron dando el gran golpe multi platino con Hysteria (1987), pero el último periplo para llegar a ello es justamente el que nos interesa y que aborda la película. Termina siendo un bien logrado legado de los primeros años del Leopardo Sordo; cuando se les asociaba a la New wave of British heavy metal, todavía alejados de los aires glam con que no dejaron de rotar en MTV. Una banda a la que siempre pareciera que le llovió sobre mojado, pero que se negaba dar el brazo a torcer y lograron salir a flote; casi como si la trama hubiese sido cortada con la misma tijera del guión de Spinal Tap, pero quitándole el elemento comedia. Material ideal como para comenzar a abordarlos en el caso de que se les desconozca, como también profundizar si ya hay nociones formadas.

Por Gonzalo Valdés

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