Disco Inmortal: Alice Cooper – Love It to Death (1971)

Disco Inmortal: Alice Cooper – Love It to Death (1971)

Warner Bros., 1971

Hace medio siglo, e inclusive más, Alice Cooper no sólo hacía referencia a un cantante; sino a la agrupación completa oriunda de Phoenix y que pronto se asentó en Los Ángeles —antes que la persona detrás del micrófono emprendiese una carrera solista en 1975. Además de él estaba la dupla de guitarristas Glen Buxton y Michael Bruce, el bajista Dennis Dunaway y el baterista Neal Smith. Quinteto que ya tenía a su haber dos álbumes —Pretties for You (1969) y Easy Action (1970); a los cuales ni se les prestó atención, pese a haber sido apadrinados por Frank Zappa y su sello discográfico. Más revuelo causaban sus conciertos, en especial uno como parte del festival Toronto Rock ‘N’ Roll Revival (1969), Alice tomando una gallina que apareció en el escenario; arrojándola pensando que volaría, pero no ocurrió y terminó desmembrada por el público.

El golpe de timón entregándolo una mudanza a Detroit, con una escena de mayor contundencia, y la adición de un desconocido productor de 19 años: Bob Ezrin —“nuestro George Martin”, en palabras del vocalista, forjándose desde allí una potente alianza que perdura hasta la fecha. Hecho que se materializó en Love It to Death, ya como parte de Warner Bros, editado el 9 de marzo de 1971. El primer gran salto de Alice Cooper, grabado en Chicago, haciendo que el mundo viese esos ojos pintarrajeados de negro al interior del booklet; terminando de encausar el shock rock, muy teatral, que ya venían practicando.

Trabajo que tras la apertura de la ligera Caught in a Dream, entregó el primer éxito masivo con I’m Eighteen —en un comienzo una pieza de ocho minutos, en la sintonía de Pink Floyd, que llevó por título I Wish I Was 18 Again. Monolítica y aderezada con la armónica, reducida hasta los tres minutos, fue la que elevó el status del disco. Absorbiéndola de lleno el público asiduo, que se encontraba atorado; muy jóvenes para beber alcohol o votar, pero listos para enlistarse para ir a la Guerra de Vietnam. El que fuera un single promocional salido por cuenta propia, antes de firmar con Warner Bros, escaló hasta convertirse en himno; que como curiosidad fue la que ocupó Johnny Rotten al momento de audicionar para los Sex Pistols —además de verse patente la influencia en I Don’t Care (Ramones) y Dreamin’ (Kiss).

Long Way to Go que pone el pie al acelerador, dándole paso a Black Juju: la única larga duración, empinándose por sobre los nueve minutos, que también fue la única grabada en crudo; tocada en vivo por las cinco partes en el estudio de grabación. Muy apoyada en la percusión y teclados, tiene cierta reminiscencia en los diálogos y cambios de ritmo hacia The End de los Doors. Is It My Body, medio tiempo guitarrero, que decanta en la psicodelia de Hallowed Be My Name.

La vibra delicada de Second Coming; un intento de emular, en cuanto a la producción, a lo que The Beatles mostraron poco antes con The Long and Winding Road. Hacia el final fundiéndose, en un puente natural con Ballad of Dwight Fry —dándole lugar al inicio a la pequeña niña que pregunta “Mami, ¿dónde está papi? Se ha ido por tanto tiempo, ¿crees que alguna vez volverá a casa?”. Título homenaje a alguien conocido por sus papeles neuróticos, el actor Dwight Frye; su apellido siendo mal escrito para evitarse detalles de derechos. Canción de manicomio, angustiante y demencial, muy bien explotada en vivo con Alice ocupando una camisa de fuerza; para hacia el final soltarse y atacar a la enfermera de turno que le está dando la espalda en el escenario.

El álbum, cuyo cierre es el aire jovial de Sun Arise, terminó siendo el pilar fundacional del periodo dorado para Alice Cooper; que se extendió hasta mediados de la década y sólo entregó clásicos —Killer (1971), School’s Out (1972), Billion Dollar Babies (1973) y Muscle of Love (1974). Subirían como la espuma, de paso echándose al hombro al sector conservador debido a las atrevidas y controversiales presentaciones; que de hecho estaban rotuladas para mayores de 18 años. Llevando el ya mencionado shock rock, como el que hacía el inglés Arthur Brown, al siguiente nivel de popularidad; se convirtieron en dominadores absolutos de la escena estadounidense, de paso creando la leyenda tras la mesa de sonido: Bob Ezrin, presente a periodos en la carrera de Cooper, quien se hizo célebre por trabajos con Kiss, Pink Floyd o Deep Purple. Mérito suficiente para Love It to Death, que ya se empina en el medio siglo desde su aparición.