Disco Inmortal: Black Sabbath (1970)

Disco Inmortal: Black Sabbath (1970)

Cuando morían los ’60 ya se respiraba una ruptura musical que sería clave para los movimientos que surgirían a mediados de los ’70 y, con suma fuerza, en los ’80: el Garage y el Heavy Metal. Esta ruptura se graficaría en una tormenta de ideas, aún confusas para esos años, pero que estaban listas para concretarse apenas apareciera el mago indicado para llevarlas a cabo. Led Zeppelin, Cream, Hendrix y Deep Purple ya habían roto con los sonidos amables de la psicodelia, dando los primeros pelotazos de algo que se vendría como un huracán para las generaciones venideras.

En 1968, serían 4 chicos de Birmingham los que captaron este espacio virgen y empezarían a dar forma a su leyenda, la que se plasmaría, como primer intento, en 1970, lanzando un disco que resumía, sin necesidad de artificiosa producción, el camino que habría de seguir la rama más dura de la música popular. Ese 1970, Black Sabbath grabó, en apenas en unas horas y sin tiempo para pensar la estructura del trabajo, un disco en el que asentaron los pilares básicos de su sonido: letras siniestras con referencia al ocultismo, la velocidad pausada pero avasalladora de la base rítmica y la afinación baja de la guitarra de Iommi. Tres elementos que hoy parecen no ser rupturistas, pero en 1970 fueron una conmoción total.

Este primer trabajo da la bienvenida con el ambiente tormentoso y las campanas fúnebres del tema “Black Sabbath”, uno de los clásicos de la banda y que sirvió de fundamento para este cuento del “grupo satánico”. Las notas lentas y alargadas de Iommi, acompasadas por una batería apocalíptica y por un bajo siniestro, cuadraban a la perfección con la inquietante recitación de una voz enajenada, como la de Ozzy Osbourne. Iommi introduce un riff que marcaría generaciones y que daría paso al apoteósico final de la canción. La siguiente es “The Wizard”. La letra estuvo inspirada en “Gandalf” (la novela de Tolkien) ilustrando el atractivo de lo prohibido; musicalmente, la armónica de Ozzy es gloriosa y marca ese tono bastante rocanrolero que se percibe en toda la canción.

Le sigue “Behind the Wall of Sleep”, donde siguen rindiendo tributo a escritores de temática terrorífica, en este caso, H. P. Lovecraft. Aclopada mediante un solo de bajo, Osbourne entona una sentida tonada de amor dedicada al demonio. La inclusión de la palabra Lucifer estigmatizó a Black Sabbath por dos décadas pero la letra, en realidad, es más ambigua de lo que parece. La siguiente canción es “N.I.B.”. La letra nos habla de las tentaciones demoníacas, aunque también podría interpretarse como una canción de amor, en otro juego de doble sentido. El solo de bajo que introduce a la canción es demencial y, sin duda, es uno de los temas más enigmáticos de toda su discografía y es el mejor corte de este álbum. La declaración que se aprecia en medio del track es poderoso y te introduce hacia algo oscuro, que explota con las guitarras y la batería, las que te acompañan hasta el final con fuerza. Es imposible no sentir la influencia de “Sunshine of your Love”, de Cream, en la estructura.

Luego sigue “Evil Woman”, la que es guiada por la batería y guitarras sencillas para este cover de Crow. Seguimos con “Sleeping Village”, la que tiene ese inicio terrorífico, lento, de esos que después abundaron en muchas bandas, formando una estructura interesante de presentar una canción pues no sabías cómo iba a continuar o en qué momento iban a explotar las guitarras y la batería. Como ejercicio musical el tema es muy bueno, la guitarra hace un riff fantástico, hay punteos y la batería, a ratos, sólo acompaña y en otras es la protagonista. Insistimos que para 1970 esto era novedoso y de ahí su relevancia. “Warning” es un cover de The Aynsley Dunbar Retaliation, donde el amor y la tentación adornan la letra; musicalmente, son varios minutos de ejercicios de Iommi, sustentado por bases rítmicas de blues. Y “Wicked World” aparecería en la edición norteamericana (no en la europea) y repite los patrones blueseros, divididos por una sección folk en medio del tema.

Unas líneas para la carátula del álbum, la que muestra una mujer vestida de negro con un gato en los brazos, rodeada por árboles y con un viejo molino de fondo. El molino existe, no es un invento de alguna localización embrujada, y se ubica en el condado de Berkshire. El mayor misterio recayó en la mujer pues, según el fotógrafo a cargo y una entrevista que dio Butler a Metal Hammer en 2005, ella no estaba ahí en el momento de la toma, sino que apareció en el revelado. Sin embargo, otros testigos sí hablaron de una modelo contratada para la foto y otros señalaron que la imagen fue añadida después, con un efecto sobre el revelado. ¿Cuál teoría es más Sabbath? Ustedes decidirán. Lo que sí es cierto es que el arte del álbum es muy valorable. En el interior del despegable se incluyó una cruz invertida con un poema que trataba sobre la noche y la muerte, lo que ayudó a darles este sello tenebroso que los acompañaría por, a lo menos, dos décadas.

El álbum “Black Sabbath” tiene un estilo que la banda practicó durante sus primeros diez años de existencia y en el cual establecieron puntos clave entre el blues y el metal actual (con sus mil variantes). Por otro lado, están los amenazadores riffs de Tony Iommi, la mortificada voz de Ozzy Osbourne y la contundencia de Geezer Butler y Bill Ward, elementos que fueron una luz extraña e indescifrable en los albores de los ’70. Curiosamente, toda esta propuesta artística y sonora fue destrozada por la crítica musical, en unos de los baches más estrepitosos y fallidos de toda la historia de la crítica musical. Sin embargo, los simples mortales recibieron el disco con alabanzas: llegó al puesto 8 en Inglaterra, alcanzó el puesto 23 en los charts norteamericanos, donde tendría presencia durante un año y alcanzaría ventas por 6 millones.

Disco traído al mundo en 6 horas, sin adornos, con entera libertad, plasmando la frescura de ese momento mágico que vive toda banda cuando no los conoce nadie. Con toda la discografía posterior es difícil ubicar este disco como el mejor de la valiosísima carrera de los Sabbath, pero lo que sí es seguro es que sin “Black Sabbath”, el empeñoso debut de 1970, no existirían “The Four Horsemen”, “The Trooper”, “South of Heaven” o “Mouth for War”.

Por Macarena Polanco G.

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