Discomanía: El amanecer eufórico de Chris Cornell

La carrera de Chris Cornell fue extraña, pero grandiosa. Entre que decidía si quería ser una especie de Robert Plant con tintes de Neil Young, se fue convirtiendo en figura medular de un momento de la música, apadrinando a Pearl Jam, ayudando a Nirvana en la ruta hacia el éxito y limpiando las heridas de Rage Against the Machine, cuando la industria los quiso poner en jaque. Al tiempo que ejercía este rol de soporte para las grandes bandas de fin de siglo, también iniciaba su ruta solista, la cual hizo siempre noticia más por sus fracasos comerciales que por sus aciertos. Pero de alguna forma, y por su conocimiento de la industria, estaba consciente de eso cuando, en 1999, lanzó “Euphoria Morning”.
La expectación sobre este primer trabajo de Cornell fue total, pues este debut se presentaría como el puente entre el Soundgarden del “Down on the Upside” y lo que vendría más adelante, llamado Audioslave.

El disco está marcado por el impacto que dejó en Chris el suicidio de Jeff Buckley, uno de los trovadores más influyentes en el rock de los ’90 y gran amigo del artista. Para afinar el proyecto, Cornell acudió a Alain Johannes y Natasha Shneider, miembros de Eleven y quienes consiguieron un sonido pomposo, lleno de instrumentación, matices acústicos y fuerte tono psicodélico, gracias a la construcción de capas emocionales que cubrían cada tema.

El disco empieza con la ganadora “Can’t change me”, tema que resalta por su buen ritmo y guitarras emocionantes. Estas son características puntales del sonido de Cornell para el resto del álbum. La producción abusa, en cierta forma, de las estructuras dinámicas, pues cambian bastante y dan espacio para efectos inusuales. “Flutter Girl” y “Preaching the End of the World” giran en un contexto apocalíptico, por lo que la producción apoya con su gama de efectos parecidos a unas explosiones. “Wave Goodbye” se refiere a la muerte de Jeff Buckley y añade sonidos de agua. Alain, Chris y Natasha son arquitectos de un sonido efectista y que busca hacer parangón con la realidad sufriente. “Follow me away” y su estribillo inmejorable, “Moonchlid”, “Sweet Euphoria” y “Dissapearing One” tienen gran nivel y otorgan solemnidad. El disco acaba de forma especial, con “Pillow of your bones” y “Steel Rain”.

Si bien su nombre evoca un estado de ánimo radiante, este es un álbum melancólico. Su éxito fue musical y no comercial, justamente lo que buscaba el ex Soundgarden. Con el paso del tiempo y tras la terrible muerte de Chris, “Euphoria Morning” se ha transformado en un oasis soft-rock, alejado de la pesadez de las arenas del grunge noventero. Las canciones explotan armonías complejas que soportan las disonancias melódicas de Cornell, mientras que la pesada producción está enfocada en reforzar el tono triste de la propuesta, con letras lúgubres y que no disimularon el estado en el cual el cantante se encontraba. Más allá del encasillamiento estilístico, es la voz poderosa de Chris la que esculpe y endulza las sangrantes heridas de las circunstancias de la vida. Un disco ejecutado con sinceridad y que, por lo mismo, carga con un perfil poético excepcional.

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