Discomanía: “Resurrection”, la gran fiesta de Michael Schenker Fest

Discomanía: “Resurrection”, la gran fiesta de Michael Schenker Fest

El alemán debería disfrutar la residencia en el Olimpo de los guitarristas; tiene las suficientes credenciales con lo hecho en Scorpions, UFO y su banda solista. Pero él prefiere seguir siendo un obrero de las seis cuerdas; siempre buscando un proyecto en qué entretenerse, grabando y girando. Allá, por el año 2011, arremetió con Temple of Rock; acompañado del vocalista Doogie White (ex-Rainbow, ex-Yngwie Malmsteen), y la otrora base rítmica de los ya nombrados Scorpions: el bajista Francis Buchholz, y el baterista Herman Rarebell. Una fórmula eficiente, que lo trajo otra vez a los primeros planos; luego de vérsele no en la mejor forma durante los 00’s.

Pero, cómo no, volvió a dar un golpe de timón; para presentarnos en 2016 el denominado Michael Schenker Fest. Mantuvo a Doogie White, pero le sumó todo el personal de su carrera en solitario durante los 80’s; su época más fructífera desde que se convirtió en el capitán a cargo. Steve Mann en la guitarra rítmica, Chris Glen en bajo y Ted McKenna en batería —fallecido en enero de 2019. Pero lo que de verdad abruma, es que llamó a los tres cantantes que figuraron durante esa década: Gary Barden, Graham Bonnet —otro ex-Rainbow, y Robin McAuley. Cuatro voces que conviven en armonía; entregando una lujosa experiencia sin nada al azar.

Giraron por un tiempo, junto con el lanzamiento de un en vivo, y se pensó que sólo se trataría de eso: remembranzas de antaño. Pero conociendo al personaje en cuestión, en el fondo, era lógico esperar algo extra. Y aquello llegó a estanterías el 2 de marzo de 2018: Resurrection, a través del sello Nuclear Blast. Producido por el mismo Schenker y Michael Voss —colaborador de los últimos años, que también aportó como compositor. Fue grabado en el pueblo teutón de Greven, y contó con el ilustrador Stefan Heilemann; quien despachó una deslumbrante portada, con los aludidos representando La última cena.

Abre la pesada y acelerada Heart and Soul; quizás no muy a la medida de McAuley en voces, a quien se le tiene asociado registros melódicos. Sin ser un mal corte cae en lo genérico, ni siquiera luciéndose como debería el invitado especial: Kirk Hammett, el guitarrista de Metallica —cuyo origen data de uno de los últimos episodios emitidos de That Metal Show; cuando el de San Francisco estuvo al borde del desmayo por compartir el set, y una pequeña improvisación, con Schenker. Recién en la segunda pista es donde se toma vuelo: Warrior, la canción que adelantó el disco; y que tiene repartiéndose los versos a los cuatro vocalistas. Este es el perfecto ejemplo de lo bien que funciona la maquinaria. Luego de la acogedora introducción de Barden, toma un ritmo primigenio y el coro que golpea fuerte la mesa.

White toma el micrófono en Take Me to the Church. El escocés se anota uno de los puntos altos, el que podría calificar como el tema más ganchero de la entrega; cuya apertura tiene un distintivo órgano, como para entrar en sintonía eclesiástica. Night Moods, a cargo del veterano Bonnet, baja las pulsaciones; dándole paso a The Girl With the Stars in Her Eyes, otra vez asomándose White como figura central. Potente como su anterior aparición, sonando afiladísima y con un aire nostálgico; aprovechando que esta dupla compositiva tiene cohesión de sobra, habiendo entrado en calor con el ya mencionado proyecto Temple of Rock.

Se pisa el acelerador con Everest, Bonnet diciendo de nuevo presente, como contraparte de su otra participación. Messin’ Around es la primera desmarcada individual de Barden, ligera pero carismática; rozando lo boogie-woogie. El regreso de McAuley lo marca Time Knows When It’s Time, desenfrenada que no le permite al irlandés llegar a su zona de confort; pero obteniendo un mejor resultado —con reminiscencia al tema Save Yourself, de 1989.

Una última revisitada de White con la oscura Anchors Away, antes de que el anfitrión se desentienda con la instrumental Salvation. Livin’ a Life Worth Livin’, un medio tiempo de Barden, le abre cancha a la encargada del cierre: The Last Supper. Haciéndole el giño a la portada, aquí vuelven todos a unir fuerzas; tratándose de un verdadero brindis por esta reunión —donde destacan las líneas de Bonnet.

Bordeando los cincuenta minutos, Resurrection es un prolijo trabajo no de una banda; sino de una sociedad completa, que en este punto vienen de vuelta abanicándose con una mano. Ensamblado por la punzante Flying-V, siempre funcionando como columna vertebral; y que jamás le escasean los buenos riffs, como se podría esperar de Schenker. Sin duda es un excelente momento para el germano y compañía; con todas sus letras una verdadera resurrección.

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