Discomanía: “The Grinding Wheel”, el disco que trae de regreso a los poderosos Overkill

Hace unos años, en el programa “That Metal Show” de VH1, el periodista Eddie Trunk le preguntó a Lars Ulrich, su invitado en ese momento, cuál era la banda que, según él, no alcanzó a subirse al carro de la fama de los “Big 4” pero que tenía todos los merecimientos para haber sido parte. El baterista de Metallica señaló que esa banda era Overkill. Desde aquella descollante etapa para el metal, los de New Jersey han pasado más a la sombra de aquellas bandas denominadas trascendentales, lo que podría mirarse como poca valoración de la prensa y la fanaticada a los liderados por Bobby Ellsworth, sin embargo, sus casi 4 décadas en la escena y sus dieciocho álbumes de estudio hablan por sí solos de su solidez, consistencia y calidad auténtica.

Por todo esto, cuando salió al mercado su última placa, titulada “The Grinding Wheel”, el mundo metal estalló en elogios ante una nueva demostración de un gran sonido, el mismo que vienen adoptando desde “Ironbound” en cuanto a la modernidad de sus aspectos compositivos, pero no sacrificando esa esencia indomable que les permitió definir el Thrash Metal. Destaca, en este trabajo, un leve acercamiento al thrash con tintes groove que practicaron en “Bloodletting” e “Immortalis”, pero mezclado con la habitual rudeza de su propuesta. Dicha mixtura la encontramos desde el primer tema, “Mean Green Killing Machine”, sobresaliente en su rítmica por la suma de ambos estilos, mientras que “Goddamn Trouble” hereda la crudeza de la vieja escuela, con destacada labor de Bobby en la velocidad espídica que imprime, junto a los golpes de Ron Lipnicki que solo avivan la llama. Y todo se pone mejor.

“The Skull” Tailer y Dave Linsk vuelven a sonar excepcionales en el fantástico “Our Finest Hour”, un tema speed en un mundo donde esta variante casi no se practica. La velocidad es endiablada, comparable con algunas canciones de “The Electric Age”; la forma en que la voz de Ellsworth y la banda suenan en conjunto, principalmente en el coro, es fascinante. “Shine On”, canción en que D.D. Verni hace rasgar el bajo, impregna de intensidad la escucha cuando aún faltan temones por degustar. “Red, White and Blue” es el mejor tema del disco. Es thrash de diccionario, con mucho doble bombo, riff central que desborda brutalidad y un cambio de ritmo sensacional. Otra que está excelente es “The Long Road”. Su feroz introducción, que recuerda lo que hacían los Accept más asesinos en los ‘80, permite que la banda luzca su genialidad compositiva con buenas estrofas y aceitada batería. La furia y excelente estructura de “The Wheel”, el medio tiempo melódico de “The Grinding Wheel”, y la versión para “Emerald”, de Thin Lizzy, algo más acelerada que la original pero que no pierde riqueza en ningún momento, nos dejan un cierre feliz, con el cuello apenas sobreviviendo, pero feliz.

“The Grinding Wheel” es un álbum sincero, con thrash nacido del corazón y con potencia y variedad en los temas. Ya son más de 30 años de carrera y los de New Jersey continúan sacando material de altísima calidad, con las piezas bien ensambladas y una formación que sabe de su oficio. Fidelidad al estilo con sonido revitalizado, con aires de siglo XXI pero con alma old school. Discazo.

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