“Diver Down”: la oveja roja de Van Halen

“Diver Down”: la oveja roja de Van Halen

El álbum de la portada roja, que se valió de la bandera ocupada por los buzos para dar aviso cuando se encuentran inmersos, muy de acuerdo con el título. Diver Down, publicado el 14 de abril de 1982, marca un relajo dentro de la discografía de Van Halen; asociado a las decisiones de la compañía disquera. Sonidos experimentales no tiene, a diferencia de su antecesor —Fair Warning (1981); pero la selección final no dejó de llamar la atención —con mucha predominancia de covers e instrumentales; y las que no, varias fueron ideas recicladas. Una selección de hits consagrados, interpretados por un cuarteto que subía como la espuma, fue la lógica de aquello —como de costumbre, bajo la tutela del productor Ted Templeman.

Nada más comenzando, aunque con mucha potencia, está Where Have All the Good Times Gone; original de The Kinks, rescatando la influencia que tuvieron de los ingleses en la primigenia época de los bares californianos —que se añade a la re-versión hecha de You Really Got Me, parte de la placa debut de 1978. Echar mano de Dancing in the Street, clásico transversal de las féminas Martha and the Vandellas —que también re-hicieron los ya mencionados The Kinks; o de un tema de los 20’s que es Big Bad Bill —reluciendo en el clarinete Jan Van Halen, el padre de Alex y Eddie; o encomendándole el cierre a cappella a Happy Trails, salida de un antiguo programa que llevó el mismo nombre —primero radial y después televisivo; y que para el tour promocional era cantada a cuatro voces mientras hacían la reverencia final.

Pero de ellas, la que resaltó a todas luces fue Oh, Pretty Woman —antecedida de la instrumental in crescendo Intruder, un perfecto puente natural. Éxito mayor del repertorio de Roy Orbison, Van Halen siguiéndole la línea; añadiéndole una pequeña dosis de vitalidad. Resultó ser el primer videoclip guionado de la agrupación, cargado de humor en que cada uno de los integrantes tenía un rol marcado para salvar a la damisela en apuros: Michael Anthony encarnó un samurái, Alex a Tarzán, Eddie un vaquero y Lee Roth a Napoleón —este último cumpliendo la función de director.

En contraparte, sacando la cara por la composición propia, asoma la desbocada Hang ‘Em High —que el vocalista en algo la relaciona, en algunos pasajes sonoros, a las películas western donde quizás pueda enlazarse a la homónima protagonizada por Clint Eastwood (1968). La parsimonia de Cathedral, instrumental llena de efectos en las seis cuerdas, que decanta en Secrets; vibra similar que tiene en un inicio The Full Bug —antes de que suba las revoluciones. La influencia flamenca de Little Guitars; y que en vivo, haciéndole honor a cómo fue bautizada, era tocada con una Les Paul no más grande que un ukelele.

Para una banda de la dimensión de Van Halen, que se bañó en platino desde el primer momento de su carrera, Diver Down fue un descanso a lo mejor necesario. Además de que marcó un precedente para la región: el único desembarco en Sudamérica, a comienzos de 1983 —en una docena de fechas a estadios llenos en Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina; un hecho que enorgullece al cantante, llegado aquí incluso antes que el festival Rock in Rio. Pero no por ello bajaron los brazos de vuelta en el estudio, a esta encarnación todavía quedándole algo importantísimo por decir: 1984, que se transformó en el principal pilar de los hermanos Van Halen y compañía.