El viaje de Shapiro: el libro que investiga el mundo de las drogas en las estrellas de rock

El viaje de Shapiro: el libro que investiga el mundo de las drogas en las estrellas de rock

La historia del rock y las drogas, libro escrito por Harry Shapiro, es el resultado de una extenuante e intrincada investigación en la que se analiza la relación que ha tenido la música del siglo XX con la droga. Es un viaje en el que se asocia la creación artística, la producción, la creatividad y los sonidos con un complejo conjunto de alucinógenos, sustancias psicodélicas, narcóticos, psicotrópicos, ácidos, estupefacientes, químicos, fenetilaminas, alcaloides, plantas silvestres, prescripciones médicas, hongos, pastillas para la ansiedad, para el estrés, para dormir, para la fatiga, para el sexo, para mantener la atención, para poder vivir. Pastillas para superar una adicción a la cocaína o la heroína que terminan convirtiéndose en una adicción peor. Mezclas de drogas con alcohol en cócteles explosivos cuyas llamas alocadas proyectan las sombras de la auto-aniquilación. Las inyecciones en las venas con agujas oxidadas, los viajes, los sueños, la sublime sensación de poder hacerlo todo al mismo tiempo y de ser más poderoso que cualquier otra persona en el mundo: las alucinaciones, la dependencia, la abstinencia, la sobredosis y la muerte.

El libro explica que sin el consumo excesivo de drogas la música del siglo 20, en especial el Jazz, el Rock n´ Roll, la Electrónica, el Dance, el Reggae y el Hip Hop no hubieran sido lo mismo. ¿Hubieran podido los Beatles publicar un álbum como Sargent Peppers Lonely Hearts sin inundarse de ácido por esas épocas? ¿Jimi Hendrix hubiera logrado esa arrebatada y desinhibida forma de tocar la guitarra en vivo sin la incontable cantidad de pastillas que consumía a diario? ¿Los primeros álbumes de Aerosmith hubieran tenido esa misma energía trepidante si no hubieran estado influidos por un ambiente tenso de adicción? ¿Qué habría sido del jazz y sus fugas sin la marihuana? ¿Cómo se crearía algo tan acelerado y desprolijo como el punk sin las anfetaminas? ¿Qué otra cosa si no el éxtasis hubiera podido convocar a cientos de personas en espacios oscuros, solo alumbrados por las irradiaciones de luces estrambóticos, delirantes de calor, en los llamados raves que comenzaron a gestarse en la Londres de los 90?

Pero si bien las drogas producen placer y nuevas posibilidades de creación, las historias que cuenta el autor demuestran que al final todo el camino se nubla por una sombra enorme que desgarra las voces, que impulsa el temblor en manos que ya no pueden tocar la guitarra, que reduce la coordinación en la batería y, sobre todo, que genera frustraciones que pueden acabar rápidamente con las bandas y consumir las vidas de los músicos. Ejemplos hay por montón. Por citar algunos, en 1978 el baterista de The Who, Keith Moon, murió por una sobredosis con una droga llamada Heminevrin, la cual consumía para curar su adicción al alcohol. Sid Vicious murió en 1979 por sobredosis de heroína. En 1982 el guitarrista de The Pretenders, James Scott, falleció al ingerir un cóctel de alcohol mezclado con cocaína. En 1995 el cantante de Blind Melon, Shannon Hoon, murió también por una sobredosis de cocaína. Incluso hay casos de músicos que no murieron directamente a causa de una sobredosis pero sí porque el consumo de drogas había deteriorado completamente su salud. Es el caso de Elvis Presley, quien consumía un centenar de medicamentos prescritos para tratar problemas de ansiedad, de circulación y de respiración, entre los que se destacaban el Percudan, Metacualona y Dexadrina. También está el fundador de The Rolling Stones, Brian Jones, quien murió ahogado en una piscina después de una noche de consumo exagerado de drogas y alcohol. Tal vez el caso más recordado es el de Kurt Cobain, quien se suicidó en 1994 después de librar una inútil batalla contra la adicción a la heroína.

Lo más interesante del libro es la manera en que se analiza la personalidad de las estrellas de rock a la luz de una proclive inclinación hacia la adicción y el abuso de sustancias: “Por extraño que parezca, el Rock n´ Roll atrae a personas con graves trastornos y  desequilibrios, dañadas e inestables (…) Pero vale la pena tener en cuenta que muchos consumidores que son o fueron consumidores crónicos de droga no han adquirido el hábito a causa de la vicisitudes del negocio, sino que más bien fueron consumidores de droga primero y después decidieron ser músicos, tal como ocurrió en el caso de los New York Dolls o de Dee Dee Ramone”.

Entonces, la pregunta queda abierta es: ¿Hay una personalidad común en las estrellas de rock que se componen de un conjunto particular y complejo de emociones, consideraciones sobre la vida y valoraciones sobre el pasado que los lleva no solo a crear su música sino también a generar profundas adicciones a las drogas? Al parecer, según la investigación realizada por Harry Shapiro, muchos de los músicos que han conseguido la fama a través del rock, especialmente desde los 70 hasta los 90, tienen en común el odio hacia sí mismos y el autodesprecio. De alguna forma, a través de la música y las adicciones lograron canalizar estos sentimientos y convertirlos en algo más. Pero al terminar los conciertos, al volver a su soledad, las drogas parecían ser el único acompañante que realmente valía la pena.

Pero más allá de este perfil psicológico de las estrellas de rock, el estilo de vida que llevan también es un factor que explica el hecho de que sumerjan casi que de manera inevitable en el mundo de las drogas. “Por definición, ser un músico profesional es una manera algo desquiciada de ganarse la vida (…) En este mundo, uno trabaja mientras todos los demás se lo están pasando bien y se duerme cuando el público está trabajando. Muchas veces hay que obligarse a dormir cuando no se está cansado, por el itinerario de viaje, por los tiempos de los espectáculos, por las citas con la prensa, las entrevistas, las pruebas de sonido (…)”. En las giras, en las grabaciones, en todas las actividades asociadas a la promoción y a la publicidad, los músicos deben llevar un ritmo de vida demasiado agitado, sin tregua, sin descanso. Pero al final de la noche, cuando suben al escenario tienen que ser unos completos superhéroes, pues el público no les perdonaría que no dejaran en cada ocasión su alma en el escenario. En la vida de RockStar hay una desesperante dinámica entre horas intensas de actividad y largos periodos de aburrimiento. Por tanto, para que el show pueda continuar se necesita del consuelo de un narcótico o de la energía y aceleración que produce algún tipo de sustancia química.

El camino a la fama está lleno de fiestas, excesos, alegrías, placeres y satisfacciones. Pero también está plagado de coches destrozados, de viudas, fans desconsolados, cuerpos que yacen sin vida en los baños, en los cuartos de hotel, en las bañeras. No se puede desconocer la influencia de las drogas en la música, pero tampoco se puede obviar lo que la música y las estrellas de rock han hecho por el mercado negro de las drogas. Jóvenes que tratan de seguir los estilos de vida de sus ídolos se arrojan a las calles en busca de las pastillas, químicos y alucinógenos que les permitan abrir las puertas de la percepción y fabricar sus propios paraísos artificiales. En suma, la relación entre el rock y las drogas ha sido bastante poderosa en el siglo XX, ha definido en gran medida los estilos de vida de los músicos pero también las fuentes de inspiración, las dinámicas y la evolución del sonido, además de las formas y los espacios en los cuales se puede disfrutar del rock. Si las drogas tienen el poder de hacer que los sonidos se vean y que las imágenes se escuchen, es cuestión de cada persona decidir de qué manera puede orientar su capacidad creativa, su inspiración o su simple receptividad hacia el mundo y las cosas.

Por Alberto Aldana 

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