Estragos de una Juventud Sónica: Del fanatismo puro, a la reconstrucción histórica del legado de Sonic Youth

Estragos de una Juventud Sónica: Del fanatismo puro, a la reconstrucción histórica del legado de Sonic Youth

Hablar de Sonic Youth siempre implica un alto grado de responsabilidad, pero para muchas, muches y muchos implica hablar desde el corazón, con garra, admiración y profunda inspiración porque Sonic Youth no es una clase de banda que pase desapercibida, sino que durante todos estos años de trayectoria -sumado a proyectos solitarios y paralelos-, posiciona a esta banda como una de las más influyentes de los últimos años, y es desde esta articulación que se sitúa Ignacio Juliá para escribir Estragos de una Juventud Sónica, libro que lanzó su edición española en 2013 y que ahora llega reeditado a Chile bajo el alero de la editorial Santiago Ander.

Casi al mismo estilo “La Chica del Grupo” de Kim Gordon (2015), con un brutal in extremas res, es que Juliá comienza este relato, con la evidencia de una reunión en un restaurant sencillo con la banda completa y también con la tierna presencia de Coco Gordon Moore, la hija menor de Kim y Thurston. Entre cervezas y paellas, es que la primera impresión de lectura que nos llevamos, es la profunda y detallada visión de un fanático investigando a su banda favorita, una conexión que impacta en una proyección identitaria con las, les, los más fanáticos de la banda. Algo así como un pacto de representatividad entre Juliá y las, les, los lectores.

Entrados ya en el segundo capítulo del texto, es que nos enfrentamos directamente a la reconstrucción biográfica de la banda, una especie de articulación entre datos investigativos, entrevistas anteriores y también opiniones y voces propias de los verdaderos protagonistas. Una perfecta sincronía del detalle de la investigación periodística, con el calor y esencia del fanatismo maduro y sincero es que emprendemos este viaje desde los inicios de Sonic Youth.

Ante este prospecto es que resulta preciso destacar la delicadeza y detalle con el que el autor se enfrenta a la responsabilidad periodística que significa la reconstrucción histórica del arte, puesto que -desde la arista profesional-, el fanatismo de Juliá se resignifica en insumos bibliográficos que permiten reconocer en la organización del texto, un halo de especificidad que se transforma en el sello distintivo de “Estragos de una Juventud Sónica”.

Uno de los puntos más álgidos de este libro es la pulcritud con la cual se enfrenta a la reconstrucción histórica de los inicios de Sonic Youth, en aquellos tiempos donde la banda se hacía llamar “The Arcadians” o “Red Milk”. Este hecho deja en positiva evidencia el arduo trabajo bibliográfico que Juliá realizó no solo con el objetivo de hacer este libro, sino que es un trabajo que se evidencia hecho a lo largo de toda su vida.

Ahora bien, en aspectos más gramaticales es un texto escrito en términos sencillos pero no común, puesto que lejos de rimbombancias elitistas de embellecimiento del lenguaje, Ignacio Juliá escribe en términos sencillos para quienes se manejan y/o son conocedoras o conocedores de los conceptos que se usan en el circuito musical, utilizando nombres técnicos y precisos, en lugar de hablar de una generalidad narrativa común.

Otro aspecto a considerar en cuanto al texto, es que el ritmo de lectura utilizado transforma a esta experiencia en algo flemático, puesto que la extensión de cada párrafo y la repetición de ciertas ideas y propuestas biográficas de reconstrucción histórica se transformen en algo uniforme. No obstante, es preciso reiterar que a razón de la pulcritud y especificidad con la que este texto es presentado, es que los aspectos anteriores estructuran una especie de dialéctica narrativa que apunta a considerar lo anterior como el carácter de redacción de Juliá, es decir: un lenguaje sencillo y con muchísimo ímpetu en el desarrollo de detalle y especificidad investigativa.

La descripción narrativa de Kim Gordon y los estereotipos del ser mujer

“Las mujeres son anarquistas y revolucionarias naturales, porque siempre han sido ciudadanas de segunda clase y han tenido que abrirse su propio camino”.

Kim Gordon, 2015.

Pese a que Kim Gordon sea una de las figuras feministas más importantes de este último tiempo, y de que sus aportes abarquen desde la academia, hasta su incursión en la moda. La figura de Kim Gordon aún sigue siendo tratada como “la mujer que habita una banda llena de hombres”, e incluso escondiendo cierto grado de misoginia tras la pregunta ¿Qué se siente ser la chica del grupo?

Ante esta premisa, es imperativo realizar un análisis crítico desde una perspectiva feminista respecto al modo en que el autor se refiere al rol de Kim Gordon a lo largo del texto, puesto que -para ser aún más precisas, precises, precisos- en el capítulo tres, “Reinventado el eterno femenino con Saña”, Juliá deja a entrever un dejo sexista al referirse a Kim Gordon por medio de la interpretativa de la sexualización de la artista en articulación con el rol de madre, por el mero hecho de ser mujer, en palabras del autor “Ella supo utilizar el potencial sexual, pero así mismo el poderío maternal, para generar un nuevo arquetipo femenino del rock” (Juliá, 2013 p.27).

Kim Gordon, a lo largo de toda su carrera ha lidiado con diversas formas y estructuras sexistas y machistas dentro del circuito musical y también de la industria artística comercial, razón por la que en numerosas ocasiones ha debido habitar  contextos de profundo machismo en los cuales ha reflexionado sobre los conceptos “Sexy” y “Cool”, ya que a razón de la femineidad impuesta, ambos conceptos son naturalizados como opuestos no complementarios.

No obstante, Kim a lo largo de toda su carrera definió su estilo y su forma de ser artista desde una perspectiva enteramente radical, siempre tensionando los estándares de lo socialmente establecido, tanto revelándose a las expectativas del ser mujer, cómo también al estereotipo sexista del ser mujer en el rock, puesto que si nos damos cuenta y reflexionamos sobre la experiencia y trayectoria, Kim Gordon desde todas las posiciones en las que se ha situado, se transforma -en lo que define Deleuze– un punto de fuga.

Bajo este prospecto, situar a Kim Gordon por medio de conceptos como “Poderío Maternal” invita a reflexionar sobre la interiorización de las variables pauta que construyen el deber-ser mujer en contextos sociales, en otras palabras situar a Kim en concomitancia con la maternidad, implica reducir su existencia a la maternidad, incluso proyectándolo a “maternar una banda” -o maternar hijos que no son suyos- por medio de afirmaciones simplistas que estereotípicamente definen a la mujer.

Siguiendo en esta misma línea argumentativa, y a modo de reflexión es imperativo romper cono esquemas que reproducen estas formas de misoginia que existen en los constructos sociales con los que interpretamos los contextos situados. Ante esto, el texto de Ignacio Juliá busca reivindicar la figura de Kim Gordon desde un escueto e ignaro paradigma de equidad de género, que no comprende los reales puntos de quiebre que significa la figura de Kim Gordon en la música, en la moda, en lo colectivo, en lo social y en lo personal.

La figura de Kim Gordon trasciende la potencia sexual, porque a lo largo de su trayectoria como artista siempre buscó el modo de desestabilizar las expectativas de una mujer en el rock, su look siempre se caracterizó por ser -en esencia- discordante, cuestionando siempre la femineidad tóxica, cómo también los estigmas que subyacen de la mujer en el rock.

Kim Gordon podríamos definirla artísticamente como una figura abstracta de impacto transversal, porque su esencia y rol como artista es integral, por ende reducir su lucha política, su trabajo y aportes al “poderío sexual”, esboza un simplismo analítico y reduccionista de sus espacios de acción, como también de su transgresión como acción política.

Bajo este contexto, es imperativo no solo reconocer a Sonic Youth por su trabajo en la música, la inspiración que significa para las diversas bandas y estilos que hoy disfrutamos en nuestra cotidianidad, sin embargo, es preciso reconocer que el impacto de la banda neoyorkina es tal,  debido a la presencia discordante de la figura de Kim Gordon como inspiración de muchas y muches quienes reconocemos en ella una acción política pura y dura. Sonic Youth es una ecuación que se articula desde la fusión que existe en la libertad creativa, pero también la agrupación es un espacio en el que la figura de Kim Gordon resalta por habitar espacios que históricamente no le pertenecen a las mujeres, haciendo de esto una de las luchas feministas más importantes de su vida.

En este sentido, afirmar también que Kim “Genera un nuevo arquetipo femenino del Rock” implica no solo no entender las diferencias tácitas entre la acción política feminista y la visión cegada de interpretaciones inocuas sobre el feminismo. Kim, en su precioso texto “La chica del grupo” (que te invitamos a leer para complementar esta reflexiva), narra en infinitas ocasiones que se ha dedicado a luchar en favor de la equidad de género, haciendo especial hincapié en que esta equidad de género comenzaría en el momento en que “el ser mujer en una banda” deje de ser tema, y comencemos a ocuparnos de escuchar y analizar la música lejos de parámetros estigmaticamente androcéntricos, lejos de preconcepciones y prejuicios sobre la participación de mujeres en la música.

En este sentido, y a modo de conclusión, es preciso redefinir las líneas editoriales y las formas en que se escribe y se acciona el periodismo musical, puesto que mientras sigamos reduciendo las acciones de nuestras artistas y disidencias por medio de construcciones culturales androcéntricas, racistas y clasistas, es que las artes y cultura se verán reducidas a la mínima expresión, situando y cuestionando a las mujeres y disidencias -como constructos anómicos- invisibilizando el profundo aporte a las artes.

Sin embargo, como crítica general del libro, es un gran texto, en el cual se articula de forma perfecta el profesionalismo periodístico con la más profunda admiración y fanatismo, que nos conecta con un Ignacio Juliá tan fanático como nosotras, nosotres, nosotros. Es un texto que reivindica la agrupación y colectivo artístico Sonic Youth desde todas las aristas socio-históricas que retratan sus discos. Pero también, hace un escueto esfuerzo por potenciar la figura de Kim Gordon como “La Chica Del Grupo”.

Estragos de una Juventud Sónica lo puedes encontrar en la editorial chilena Santiago Ander, en su reedicioón chilena. Es un texto que oscila en las 280 páginas que incluye material gráfico y diferentes sorpresas.