Foals en Teatro La Cúpula: No todo es puro baile

La banda se encontró con todos sus fans, incluso los que no pudieron asistir al show en Lollapalooza

Qué bueno que este show ocurrió. Ha pasado varias veces en Lollapalooza que bandas con seguidores de nicho, se presentan en los escenarios principales y no logran conectar al 100% con el público masivo. Foals fue uno más de esa lista, y por suerte este sideshow cayó del cielo para los fanáticos, tanto para los que no pudieron pagar la entrada al festival, como para aquellos que se vieron frustrados por sentir estar bailando solos en una fiesta que no logró prender del todo. Ante un recinto repleto de su fanaticada más fiel, los británicos desplegaron un show que mantuvo la columna vertebral de lo realizado en toda su gira del nuevo álbum  Everything not saved Will be lost: Part 1. 18 canciones (dos más que el promedio de su tour norteamericano) que dan generoso espacio al nuevo álbum, pero que muestran equilibradamente los mejores pasajes de los cinco discos de su catálogo.

La Cúpula es conocido por ser uno de los mejores recintos para conciertos de Santiago, no solo por su buena visibilidad, sino también por su sonido. Y Foals supo aprovechar esto a la perfección: desde la primera nota en ‘On the luna’ hasta el cierre, la tónica fue un sonido tan potente como prístino, sin saturar en ningún momento y manteniendo la energía del público a tope durante los 105 minutos de show. La gracia de la banda comandada por Yannis Phillippakis es la capacidad de hablar varios lenguajes musicales, pasando cómodamente del new wave y la sobredosis de sintetizadores de ‘In degrees’, al post punk revival de ‘Balloons’ y ‘Olympic airways’. Pero el asombro llega cuando la banda comienza a echar mano al catálogo de sus álbumes más rockeros. ‘What went down’ del homónimo de 2015, ‘Providence’ y especialmente ‘Inhaler’ -que suena diez veces más potente en vivo-, del aclamado Holy fire (2013), mueven el eje del show hacia intensidades insospechadas entre tanto baile y sintetizador. Y los fans viven su propio tránsito. A medida que avanza la presentación, pasan sin esfuerzo del baile cool en el puesto, a los mosh cada vez más enérgicos y masivos.

Y como buena banda de rock, Foals tiene sus rituales. Como es habitual, la banda cerró con la tribalesca ‘Two steps, twice’, un momento en que los fans saben que es hora del trance colectivo, con Phillippakis tirándose al público y toda la comunidad entregando lo último de energía, a sabiendas que después todo acaba.

Desde lejos, es fácil emparentar a Foals con una generación de bandas indie proclives a revivir el rock bailable y el dance punk de los 80, pero ellos -en vivo más que nunca- dejan en claro que esto se trata de otra cosa. Entre medio de las sutilezas y pulcritudes, y los riffs y beat bailables herederos de Talking Heads, aparece un componente épico heredado del rock clásico, al que tributan también los golpes increíblemente fuertes a la batería de Jack Bevan, y el uso de frases fuertes y golpeadas en el canto de Phillippakis. Foals se ubica en un peculiar centro de gravedad que, si bien visita con mayor frecuencia el dance y postpunk, les permite moverse con sorprendente soltura hacia la épica pop de U2, el rock luminoso de Anathema, e incluso, en sus momentos más intensos, hacia el aura tormentosa del Deftones post White Pony. No todo es puro baile.

Por Felipe Godoy Ossa

Foto: Foals 2019 (no hubo autorización para fotógrafo)

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