“Headless Cross”: la oscura apuesta de Black Sabbath

“Headless Cross”: la oscura apuesta de Black Sabbath

Hablar de Black Sabbath en los 80’s es siempre caótico —situación, que a ratos, hasta ellos mismos prefieren omitir para ahorrarse las molestias. Ozzy Osbourne quedó suficientemente relegado, sin siquiera haberse hecho presente durante la década —no más allá de la presentación, de una sola jornada, en la meritoria cita del Live Aid (1985). También quedó archivado el paso de Ronnie James Dio, Ian Gillan e inclusive Glenn Hughes —quien figuró en Seventh Star (1986); que en estricto rigor iba a ser un trabajo solista de Tony Iommi, al que en última instancia el sello discográfico le exigió el nombre de la banda en la portada.

Aquello sólo en referencia a los vocalistas —sin nombrar a los menos ilustres, porque los instrumentistas también fueron variando con el pasar de los años; el hombre de las seis cuerdas siendo el único omnipresente —el verdadero hombre de hierro tras la institución, muy magullada por aquel entonces. Hubo algo de calma, tras el efímero paso en el micrófono de Ray Gillen, con la añadidura del bajo perfil de Tony Martin, con quien despacharon The Eternal Idol (1987) —pero no exentos de desaciertos; en referencia a la residencia, de seis fechas en la sudafricana Sun City, cuando todavía no era abolido el apartheid.

Cómo no, volvieron a rotar —liberando a Bob Daisley y Eric Singer; configurándose una solidísima formación gracias al otrora batería de Whitesnake, Cozy Powell —quien tuvo pasos previos en el proyecto solitario de Michael Schenker, Rainbow y Jeff Beck Group. La importancia de este último fue superlativa, tanto en la potencia característica de su pegada; como en quien recomendó la permanencia de Tony Martin —en desmedro de una posible reunión con el ya mencionado Ronnie James Dio, que se aplazó para 1991-92. Para mayor muestra de su cuantía en el doble bombo, como lo cohesionada de esta encarnación, está la canción homónima: Headless Cross, antecedida por la tenebrosa introducción instrumental The Gates of Hell.

Heavy metal puro, con inclinación a lo profano; con mucho guiño a lo oscuro, como jamás lo tuvieron antes, según el paradigma que tenía el cantante sobre la agrupación —“Oh, Black Sabbath, todo trata del diablo; por ello sus letras estaban llenas sobre Satanás”, rememoró en su autobiografía Tony Iommi. Que se acentúa por el filoso riff, y agudas segundas voces; cuya imaginaría la completó el videoclip —en medio de una neblina nocturna, con el preponderante fuego de las antorchas. Debía escucharse, y hasta verse, de ese modo; puesto que tomaron por inspiración una historia verídica del Medioevo: un pequeño poblado, llamado Headless Cross; que durante una época en que la peste azotó a Europa, las personas fueron hasta la colina para rezarle a Dios —en una ayuda que nunca llegó, todos pereciendo.

Pero también aderezado con una cuota melódica, debido al recurrente colaborador Geoff Nicholls en los teclados —presente desde 1980 hasta 2004; a la par con el bajista de sesión Laurence Cottle, quien ya para el tour mundial le dio lugar a Neil Murray —otro insigne ex-militante de la Serpiente Blanca. Es el caso de Devil & Daughter; en que le lanzan un par de dardos a Don Arden, antiguo mánager de Black Sabbath, y a su hija Sharon —ni más ni menos que la esposa de Ozzy. En un comienzo nombrada Devil’s Daughter, se modificó para no llevar el mismo título de un reciente tema de Osbourne; el mismo caso de Hero, que terminó asomando como Call of the Wild.

When Death Calls, y sus marcados cambios de ritmo, es el elemento que toma su tiempo para desarrollarse; reluciendo además el solo del guitarrista invitado: Brian May, el encargado de las seis cuerdas de Queen —uno tan punzante como el de I Want It All, publicado apenas dentro de un mes en The Miracle. Cronometrando siete minutos, es el de mayor duración de la placa y uno de los indiscutibles puntos altos; que junto a Headless Cross, fue lo que mejor se enseñó durante la promoción del disco. Colección que termina de completar Kill in the Spirit World, la cuasi balada épica Nightwing, y el rescate de Black Moon —pista remozada, y extendida, de un B Side parte del ya citado The Eternal Idol.

Puesto en estanterías el 24 de abril de 1989, Headless Cross figuró como la 14ª entrega de los oriundos de Birmingham. Producido expresamente por el mismo guitarrista y baterista, se trató de una altísima factura en tiempos de sequía —y que nunca se valoró como merece; como si fuese poco, tratándose del mejor legado de Tony Martin. La portada con la imponente cruz celta, en una noche de luna llena, figuró en blanco y negro para la edición inglesa; siendo coloreada para la versión alemana —además de añadírsele una canción extra, Cloak and Dagger. Disfruta de un lugar de culto, que lo remarca la dificultad en la actualidad de encontrar copias en el mercado —debido a la extinción del pequeño sello I.R.S., con el que tuvieron contrato hasta 1995, siendo este el primero de la carrera en no ser albergado por Vertigo y/o Warner Bros.

La alineación sobrevivió lo suficiente para anotarse la contundente secuela, Tyr (1990) —que se enfiló hacia la mitología nórdica; haciéndose presente una vez más para Forbidden (1995) —quizás el menos inspirado de la discografía. Pero en lo que se refiere a Headless Cross, es roca sólida; con fuerza de sobra y añejada por sobre los treinta años —pese a no haber contado con el bajista fundador, Geezer Butler, muy cercano a haberse concretado su regreso para aquellas sesiones; quien prefirió irse de gira con Ozzy Osbourne. Una cruz sin cabeza que otorgó un respiro en complicado momento, y que vale su peso en oro.

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