“Leisure”: lo que nos dejó el debut de Blur y el arranque de una década histórica

“Leisure”: lo que nos dejó el debut de Blur y el arranque de una década histórica

Desde hace varios años se ha comenzado a utilizar de manera constante en diferentes medios y en redes el término: “Nostalgia por los 90” o, en términos más comunes: “Nostalgia noventera”. La expresión se refiere a una sensación melancólica de añoranza por parte de las personas que crecieron durante esta década, caracterizada curiosamente por la falta de atributos únicos, la ausencia de ideologías particulares y una vaga sensación de que todo lo bueno, lo malo y lo asombroso que debía y podía ocurrir en la humanidad ya había pasado. En lugar de promoverse un único estilo, los adolescentes se veían bombardeados constantemente por los medios, la propaganda, la radio, la televisión y la tecnología—que había llegado a dimensiones previamente insospechadas—, con diferentes mensajes que más que producir sentidos o significaciones sobre el mundo buscaban vender algún producto. Y a través de todo este efluvio incontenible de información se conformaba una década llena de matices, carente de esencia pero con múltiples facetas de expresión.

Blur es una de las bandas que con solo una canción pueden revivir de forma inevitable ese sentimiento de nostalgia. Su primer álbum, “Leisure” lanzado en agosto de 1991 por la disquera Food (subsidiara de EMI), no solo contiene dos canciones claves en el catálogo de la banda británica que serían tocadas en la mayor parte de sus conciertos durante toda la década -She’s So High” y “There’s No Other Way”-, sino que también incluiría muchos de los elementos que se estaban conjugando en los noventa para dar sentido a la creación artística, presagiando (orientando) también el nuevo curso que tomaría el rock de allí en adelante, enfocado en las distintas posibilidades que ofrecía la tecnología, los efectos de sonido y el uso ilimitado de configuraciones en los micrófonos y en los procesos de grabación. “Leisure” conjuga ese rebelde sentido de introspección de un género conocido como shoegaze, que comenzó a desarrollarse tímidamente —oculto en gran medida por la fama y por la acogida del grunge de Seattle—, a través de en un sonido demasiado saturado en el cual se interponían varias capas de efectos y overdrives. (De hecho, el término shoegaze viene del hecho de que los guitarristas y bajistas se la pasaban durante todo el concierto mirando hacia el piso, pendientes de activar y desactivar una enorme cantidad de pedales análogos a sus pies).

“Leisure” no es solo un álbum que pueda ser catalogado como shoegaze. La clave está en la combinación con sonidos mucho más pop, comerciales, de alguna forma exigidos por la disquera para el lanzamiento del álbum. Damon Albarn, líder de la banda, comentaría en varias ocasiones que este es el peor álbum de Blur, pues el ambiente en la grabación no era el adecuado, y como una banda emergente que apenas estaba comenzando, tuvieron que aceptar las condiciones impuestas por la disquera, lo cual afectaría mucho el sonido y la intención original. Pero por más pretensiones Pop que tuviera el álbum no fue posible reducir el efecto, el brillo, la distorsión ni el volumen de la guitarra de Graham Coxon, que desde entonces se perfilaría como uno de los mejores guitarristas del movimiento alternativo, con esa capacidad de utilizar su instrumento con diferentes propósitos, a veces por medio de una aproximación que le permitía adaptarlo como si fuera un teclado—y así cada traste se convertía en una tecla, por ejemplo en canciones del “Leisure” como “Slow Down”—; y a veces, también, como una construcción rítmica, casi como si tocara la guitarra golpeando las cuerdas con su puño cerrado-en canciones como “Come Together” y “Wear Me Down”-.

La presión de los ejecutivos tampoco pudo reducir, en ningún sentido, la capacidad lírica de Albarn. En “Bang” la segunda canción del álbum, él es capaz de sintetizar en una frase el espíritu que comenzaba a develarse en comienzos de los 90: “No necesito a nadie, pero algo de amor haría las cosas mejor”.  Generalmente compone canciones sobre Londres, los estereotipos ingleses y las hilarantes y mórbidas costumbres culturales del país, visto desde una perspectiva capaz de comprender lo que está pasando, pero al mismo tiempo incapaz de desligarse de esa cultura, que está entre sus venas. En “Bad Day”, por ejemplo, hace referencia a lo complicado que resulta entender a las personas y entenderse a uno mismo: “¿Tienes algo que hayas tenido? – No, ella dijo-. ¿Amas a alguien que hayas amado? Sí, ella dijo”.

Pero sobre todo, algo que ni la más ingente fuerza corporativa podía quebrantar es la capacidad de expresión de canciones sublimes en “Leisure”. Por ejemplo, “Birthday” es una canción que instrumentalmente carece de esos ritmos Pop que comenzarían a hacer popular a la banda. La voz sobrevuela una atmósfera pesada generada por los efectos de Trémolo y Delay en la guitarra, además de la línea de bajo que mantiene la trepidación como el sonido que estructura  exclamaciones de pesar: “Es mi cumpleaños. El día en el que nadie está. Día muy extraño. El día de pensar en ti. Día se salir. Día de sentarse en el parque. Día de mirar el cielo”. Habla de lo patético que puede llegar ser la celebración de un cumpleaños: esa sensación de finitud e insignificancia. Luego de que Albarn canta por segunda vez el coro: “No me gustan estos días. Me hacen sentir tan pequeño”, hay un momento clave en la carrera de Blur: en el minuto 2:44 se genera una transición poderosa, con la entrada estrepitosa de la batería y la distorsión de la guitarra que se acentúa. Es como si el hombre que contempla solitariamente el cielo en el parque de repente saliera a correr desaforado en búsqueda de un nuevo sentido.

También está “Sing”. La canción genera una instantánea conexión con la corporalidad, con las pulsiones —a lo mejor será esa invariable repetición rítmica que se mantiene durante 6 minutos exactos a través de golpes incesantes, de golpes secos, de golpes desesperados, una y otra vez, redundantes, creando sonidos que parece que ni el más ensordecedor estallido o la agitación más profunda en la superficie de la tierra pudiera alterar—; y al mismo tiempo es una de esas canciones que hacen que cualquier persona se sienta más grande, más vital, más trágica, pero no a través de una conexión espiritual sino por medio de una progresiva pérdida de la conciencia, porque de repente se puede sentir que el pensamiento ya no está en la cabeza y que aquello que se ha denominado como el “yo”  no se encuentra ya depositado en la mente sino en lugares mucho más mundanos, mucho más túrgidos, físicos, sensuales. El centro de la existencia se desplaza a esa pulsión incontrolable que  lleva a un estado de trance, a una incomodidad hipnótica que no debería acabarse porque de repente se puede sentir que se hace parte de algo mucho más grande, algo que no se puede entender del todo pero tampoco se quiere que se acabe…. Y esas notas que mantienen ese tiempo inquebrantable a través de sonidos sucedidos invariablemente en compases idénticos llevan a que una persona imagine cómo sería una vida así, sin modulaciones, sin transiciones, sin dinámicas, sin espacios: solo una continua marcha y superposición de momentos a lo largo de una línea plana… En el minuto 4 de la canción,  y luego en el cinco, se empieza a sentir terror por el final que se avecina: ¿Cómo queda todo cuando esto termine? ¿Qué pasa cuando se apague el sonido y se detenga esa marcha continua de la cual parece que alguien se ha aferrado para seguir viviendo? El momento de transición de este momento que ha sido más grande que el dominio y el autocontrol puede dejar como resultado el agotamiento. Es lo más bello que ha hecho Blur, y tal vez lo más brillante que ha hecho cualquier banda en los 90.

Por Alberto Aldana

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