Martin Birch e Iron Maiden: unión de platino

Martin Birch e Iron Maiden: unión de platino

Se trató de una leyenda por derecho propio, muy celebrado en vida. Martin Birch, fallecido el pasado 9 de agosto, fue uno de los grandes productores musicales de su generación; su legado manteniéndose intacto —pese a haberse jubilado en 1992, a la joven edad de 44 años. Quien comenzó como ingeniero de sonido, en primigenias placas de Jeff Beck y Fleetwood Mac a fines de los 60’s, dio un cuantioso salto iniciando la siguiente década: su carrera se unió inexorablemente al árbol genealógico púrpura.

Aquello en referencia a que estuvo presente en el estudio de grabación para las etapas clásicas de Deep Purple —1970-77. Desde In Rock a Machine Head, pasando por el imperecedero registro en vivo Made in Japan, o la reformulación con Burn y Stormbringer; finalizando con ellos para Last Concert in Japan. De allí en adelante sus más grandes contribuciones giraron en torno a las personas que, de una u otra forma, tuvieron relación con los hombres de Smoke on the Water. El flamante nuevo proyecto de Ritchie Blackmore, Rainbow, entre 1975-78; la nueva agrupación de David Coverdale, Whitesnake, entre 1978-84; Jon Lord en solitario, Cozy Powell también en solitario; como así el resurgimiento de Black Sabbath, a través de Ronnie James Dio, para las producciones de Heaven and Hell y Mob Rules.

Un caballero británico, cuyo talento predominó de modo exclusivo dentro de la isla y sin casi colaborar con nombres foráneos —uno de los muy pocos ejemplos siendo los estadounidenses Blue Öyster Cult. Ya para en 1981 vació por completo su agenda, descontando una única incursión con Michael Schenker Group, para producir desde allí nada más que a unos jóvenes Iron Maiden —quienes se transformaron en su obra maestra. Empezando desde el segundo larga duración: Killers.

Por entonces la Doncella de Hierro tenía sólo editado su debut homónimo de 1980 —en una mezcla final que siempre ha desagradado a su líder y bajista, Steve Harris. Él hubiese deseado contar con Martin Birch para que se hiciera cargo de aquel proceso inicial; pero “no nos atrevimos a pedírselo, parecía inalcanzable; no creímos que al gran productor le interesaría una pequeña banda como nosotros”, comentó. Pero lo cierto es que el aludido sí quiso llegar desde el primer momento: “Leí que iban a grabar un disco y me ofendió que no me preguntaran, porque tenía interés en hacerlo. Querían que yo produjera el disco, y yo también quería, pero no ocurrió”.

Anterior a la ópera prima, lo único que tenían bajo el brazo era el EP The Soundhouse Tapes (1979) —que de aquellas tres cutres versiones, se contabilizaban Iron Maiden y Prowler; por ende si Birch sabía de ellos en un comienzo, se deduce que una copia de la cinta pasó por sus manos. “Personalmente quería producirlos porque era una forma de salir de la familia Purple. De hecho, existen muchas diferencias. Musicalmente, una banda como Iron Maiden es típica de la segunda generación de hard rock y se destaca de la primera porque es más consistente, más compacta. No caen en soluciones fáciles, y muy aburridas, con solos de guitarra de veinte minutos, luego teclados, luego batería, como lo experimenté con Deep Purple”.

El proceso, a lo largo de once años, arrojó la contundente cifra de ocho placas en estudio y una en directo —siendo la última de ellas Fear of the Dark; transformándose, a todas luces, en la mejor racha del metal, que cerró Seventh Son of a Seventh Son. La sociedad haciendo clic al instante: “La primera vez que los vi en el trabajo, me sorprendió y me sedujo su energía y actitud. Rara vez había visto bandas con tanta energía. De esta manera, me recordaron un poco a los primeros Deep Purple. Pero su actitud hacia el rock es muy diferente, y también lo es su concepción del mismo”.

Vio la llegada del Bruce Dickinson, recién salido de Samson, a quien le ejerció especial exigencia tras el micrófono para las sesiones de The Number of the Beast —que se retratan en detalle dentro del documental Classic Albums (2001). “Para mí, Martin fue un mentor que transformó completamente mi canto: era un psicoterapeuta y, en sus propias palabras, un malabarista que podía reflejar exactamente lo que era una banda. Ese era su talento especial como productor. No era un titiritero, no manipulaba el sonido de la banda; simplemente lo reflejaba de la mejor manera posible”, rememoró el vocalista ya habiéndose conocido la defunción de Birch.

Los escenarios de grabación fueron variados con el correr del tiempo: la nublada Londres, la cálida Nasáu, la fría Múnich y la rural Essex; en que progresivamente fueron creando su propia leyenda. Mucho del mérito recayendo para quien acaba de partir: “Fue absolutamente brillante. No era sólo un productor, también era un ingeniero práctico, así que sabía cómo conseguir un gran sonido. También fue fantástico para motivar a la gente, simplemente tenía la habilidad de sacar lo mejor de ti”, dijo durante los pasados días Steve Harris. Moldeó y pulió a Iron Maiden como los conocemos, y eso siempre hay que reconocérsele.

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