Nick Cave & The Bad Seeds: Ghosteen (2019)

Nick Cave & The Bad Seeds: Ghosteen (2019)

Desde su debut en 1984, Nick Cave ha labrado una de las trayectorias musicales más sólidas de estas últimas 3 décadas. El poder de su voz, tan profundamente doliente, ha sido un elemento que ha subrayado su carrera compleja y misteriosa, llena de universos inabarcables y empapados de espiritualidad. De sus varias formaciones (The Boys Next Door, The Birthday Party o Grinderman), seguramente es con The Bad Seeds con quienes ha alcanzado una excelencia mayor en creatividad y producción, por lo que cada vez que se anuncia disco nuevo sabemos que seremos invitados a una experiencia por sobre la media. Este 2019, Nick nos ha regalado “Ghosteen”, su décimo octavo álbum, descrito por él mismo como de “espíritu migratorio”, siendo grabado entre 2018 y comienzos de 2019 en varios estudios de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. Las mezclas estuvieron a cargo del propio Cave junto a Warren Ellis, Lance Powell y Andrew Dominik.

“Ghosteen” sigue la línea catárquica de la exploración de un dolor personal que también se revela como universal. Contiene música solemne, donde Nick explota sus recursos como vocalista, al tiempo que enumera recuerdos, fantasías y se deshace en la búsqueda de respuestas para la brutal irrupción de la muerte en su vida reciente. Warren Ellis firma como coautor de todos los temas y está presente en sus sintetizadores, los que tejen un clima abrumador durante toda la escucha.

Desde “Spinning Song”, la voz de Cave empieza a sonar majestuosa, rica y vulnerable, sentenciando que “la paz llegará a tiempo”. Este tono es el que atraviesa el álbum, en el que prácticamente no hay bases rítmicas y todo se dimensiona en capas, sintetizadores, violines y piano. “Bright Horses” es esencialmente piano cubierto con una electrónica evocadora tejida por Ellis, mismo susurro electrónico que se incrusta hermoso en “Night Raid”. “Sun Forest” confirma que Nick está en gran momento creativo pues llega más lejos en él mismo y penetra el corazón del que escucha. Es un track fundamental, quizás el mejor del disco, donde su voz logra registros sensacionales y con variedad de texturas.

El ambiente se oscurece con “Leviathan” gracias a sus pesados tonos que, igualmente, dibujan poesía; mientras, a nuestro oído se declama el amor que siente por su hijo desaparecido. Y “Hollywood”, el tema final, lleva el álbum a la cúspide y por primera vez se sienten la batería y el bajo; la electrónica de Ellis es más perversa y Cave alterna entre registros, dando fin a un recorrido rico en metáforas y simbolismos sobre la paz, el dolor, pero, por sobre todo, el amor.

La portada es una colorida y cursi ilustración de un paisaje sacado de un cuento de hadas, muy alejada de la desnudez y frialdad que exhibieron las cubiertas de sus antecesores. ¿Qué dibuja entonces la imagen?, seguramente el cierre de un viaje que comenzó con la brutalidad de la muerte y que termina con el retorno a creer que existe un mundo lleno de vida, y que en él lo espera ese fantasma adolescente.

Cave sigue trabajando en serio. “Ghosteen” es atrevido y bello, donde “las canciones, en el primer álbum, son los hijos, y las canciones, en el segundo álbum, son sus padres” como señaló. Ambas partes resultan, entonces, ser dos puntos de vista donde insinúa que la muerte de su hijo fue el momento más desgarrador de su vida, pero delata que el ciclo avanza hacia ese punto de inflexión con el que cada día tiene que lidiar. “Ghosteen” se siente como un periplo a lo profundo de un alma sabia, a una obra que asombra por cómo tiene el atrevimiento de separarse de los cánones rock, de no contener algo parecido siquiera al pop, pero que igualmente logra ser más atmosférico que “Skeleton Tree” y definitivamente, lo más progresivo de su vasta carrera.

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