Nine Inch Noize: Pasado, presente, futuro; pero a todo volumen, por favor
Nine Inch Nails ha entrado en otra nueva dimensión sónica (y al parecer, renovando votos) con Nine Inch Noize, un proyecto que es una revisión algo más actual y regenerativa de su propio material. El álbum llegó en paralelo al debut en vivo del proyecto en Coachella, donde la propuesta ya mostró su dirección: reconstruir canciones conocidas desde otra óptica, más cercano a la experiencia en vivo que al formato de banda tradicional.
Como bien sabemos, Nine Inch Noize es una colaboración de NIN (Reznor, Atticuss Ross) con el productor de música electrónica Boys Noize, con Mariqueen Maandig completando la formación en directo del grupo. En un comunicado sobre el proyecto, Reznor compartió que el álbum se grabó «en muchos sitios: algunas partes en directo, otras en estudios, hoteles, aviones, etc. Nos lo pasamos genial revisitando estas canciones y esperamos que las disfrutén. ¡Escuchénlas a todo volumen!». Casi como regla obligada.
En efecto, así es como se disfruta. El álbum se abre con ruido de público y esa decisión marca todo lo que sigue. Porque esto viene del show en vivo: con la audiencia entrando y saliendo de la mezcla como si fuera otro instrumento, otra pista, redefiniendo las canciones que originalmente trabajaban desde el aislamiento. En lo musical, las reinterpretaciones toman mayormente material de la etapa más reciente de la banda, desde Year Zero en adelante, con excepciones puntuales como “Closer” o “Heresy”. Ahí se nota una intención más cristalina: revisar canciones que ya tenían una base electrónica fuerte y llevarlas más lejos. “Copy of A” lo que pierde rigidez lo gana en urgencia; “Came Back Haunted” suena Downward Spiraliana, con agresión directa; mientras que “Closer” mantiene su estructura, pero amplificada, con nuevos detalles que la vuelcan hacia otra dimensión que de tan tenerla clavada en el inconsciente puede sonar extraña, pero mejora con las escuchas.
La presencia de Mariqueen Maandig suma otra capa importante. Su voz introduce un contraste que no suaviza el resultado, sino que lo vuelve más inestable, especialmente en el cruce con material de How to Destroy Angels. Y se percibe que esa dualidad —entre lo etéreo y lo autodestructivo tan del ADN de la banda— y es lo que termina definiendo el disco. Es por eso que Nine Inch Noize no busca reinterpretar mirando retratos del NIN «joven» colgados de nostalgia, sino ponerlo en circulación otra vez bajo otras reglas. Si a la música electrónica le encanta remixar todo ( y a Reznor, por ende) era muy probable que esto pasara. Y volverá a pasar, porque más que relecturas, estas canciones parecen versiones que estaban latentes, esperando otra forma para existir y volver a explotar.


