Sepultura Endurance: Testimonio a la resistencia

A estas alturas, ya estamos empezando a hablar del legado de muchas bandas que un día alumbraron el camino de adolescentes perdidos, encendieron la mecha inicial para futuros músicos y simbolizaron algo más que un buen disco. Es difícil referirse al legado de Sepultura porque su camino no se ha detenido, a pesar de todos los dardos que ha recibido y que han amenazado con su derrumbe. Y uno de esos dardos resulta ser esa teoría, a la cual muchos adhieren, de que Sepultura sin los hermanos Max e Iggor Cavalera, no es Sepultura, y por mucho que los fans lo crean, hay otros que piensan que una banda logra, en algún momento, superar a sus integrantes.

Esa no es, en todo caso, la premisa que busca disipar “Sepultura Endurance”, uno de los últimos estrenos de Netflix y que logra mostrar el desarrollo de una de las agrupaciones más influyentes en la escena thrash metal mundial. El trabajo demoró siete años en ser concluido y cuenta con entrevistas a Lars Ulrich (Metallica), Scott Ian (Anthrax), Corey Taylor (Slipknot), David Ellefson (Megadeth), que incluso hace hincapié de que la banda surgió “en el sur del planeta”, como si eso constituyera un reconocimiento adicional. La película, durante sus 100 minutos de duración, muestra algunos momentos complejos en la historia del grupo, como lo fue la salida de Max Cavalera en la etapa más exitosa de la banda, o la visita a la tribu Xavante para iniciar el proceso de “Roots”,y algunas de las estrategias a las que echaron mano para mantenerse activa. Sin embargo, no es por eso que el proyecto llama la atención.

Si bien la historia se apoya en valioso archivo del pasado y entrevistas que valorizan su presencia en la escena, la idea oculta es la dicotomía de contar la historia sin la versión de los Cavalera y que esta ausencia vaya consagrando la figura de Andreas Kisser como la verdadera columna de la banda. De hecho, el cineasta y director Otávio Juliano, dijo los hermanos Cavalera negaron los permisos para la utilización de la música realizada durante sus años de actividad. El documental logra momentos emotivos para el fan, sobre todo, en ese momento en que Max dejó la banda y cómo el resto lo afrontó, junto con las historias paralelas que marcaron la entrada de Derrick Green en la voz. Este, según lo que muestra el documental, fue posiblemente el minuto más crítico en Sepultura a pesar de que en el escenario eran unas bestias del trash, pero que en el backstage vivían un tremendo caos. Conjuntamente con esa dicotomía explícita, es posible captar el proceso de cómo el sonido de la banda y su historia llamaban la atención internacional.

Señalábamos el rol de Andreas Kisser como estructura principal de la banda. Uno de los segmentos álgidos de la historia y donde se produce cierta inflexión es aquella conversación, en plena carretera, con el baterista Jean Dolabella (sustituto de Igor Cavalera) y cómo éste le señala a Kisser la ponderación banda-tiempo-nostalgia de la familia. La reflexión de Andreas es muy profunda al respecto constatando que, realmente, él ha sido el gran artífice de Sepultura en la lucha por seguir siendo relevantes. Cuando la fama y los objetivos se obtienen, es fácil y divertido ser parte, pero cuando la curva viene en descenso asoman los líderes, las personalidades propias que van más allá de la composición de una canción. El desgaste del recorrido y los costos pagados se transfieren a través de la conversación de Andreas con Dolabella, dándole aún más valor a lo que logró Sepultura y resaltando la figura del guitarrista como quien ha cargado la mayor parte de la mochila de lo que significa ser un producto apreciable en el metal del siglo XXI.

Después de ese momento, la narrativa se centra en la entrada de Eloy Casagrande a la batería, se presenta la opinión de Jairo Guedes, primer guitarrista, y quien da cuenta de las precarias condiciones en las que ensayaban y del cómo salieron adelante a punta de su gran talento.

En cuanto a la producción, el documental no es tan acabado en la mezcla de audio y fotografía, detalles que podrían haberle dado más proyección, a pesar de que logró entrar en varios festivales. Mirando el vaso medio lleno, eso logra que nos enfoquemos en la música y en la historia que condujo a Sepultura a ser la banda que ha sido.

Pero es obvio que la falta de testimonio de los Cavalera deja la sensación de un manifiesto incompleto si queremos tener el mapa contextualizado en pleno, pero aún así logramos entender mucho del desarrollo a través de los testimonios de amigos y colaboradores y de la propia reflexión de Kisser, el cual señala, con una mezcla de asombro y desazón, que los hermanos ni siquiera pelearon quedarse con el nombre de la banda; esto pudiera interpretarse como que una parte del guion no fue escrito, pero en el resultado final no se siente como que esta ausencia le quite foco o identidad a la propuesta. Finalmente, la sensatez de Andreas nos deja conforme.

Este “Sepultura Endurance” son 100 minutos de dicotomía entre la historia alegre del pasado, la alabanza a lo logrado y el tono de melancolía por todo lo que se ha sacrificado por esto. Tiene un aire, en estilo y fondo, al “Some Kind of Monster”, pero se sostiene a pesar de las ausencias. Lo que prevalece es la perseverancia de la columna vertebral Andreas Kisser por mantener el sello y el sonido genuinamente brasileño, ese que les permitió mirar de frente a Slayer o Metallica en esos años de gloria. Con certeza un buen material para quien quiere entender las raíces de Sepultura y, de paso, comprender si la esencia se perdió o si ésta aún es fuerte para redirigir el destino de quienes sembraron toda una escuela en Sudamérica y para el resto del mundo.

Macarena Polanco

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