“Supersonic”, el nuevo documental de Oasis: Caín y Abel, dueños de una era

“Supersonic”, el nuevo documental de Oasis: Caín y Abel, dueños de una era

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“No puedes quedarte besando el cielo eternamente, pero sí puedes dejarle un buen chupetón antes de bajar”. Y eso fue exactamente lo que hicieron.

Dirigido por Matt Whitecross, que ya nos había deleitado con “Sex & Drugs & Rock & Roll”, mucho más con “Road to Guantanamo” y archi conocido por “Amy: The girl behind the name”, ahora golpeaba la mesa con un desafío no menor: poner de acuerdo a los hermanos Gallagher para contar la historia de Oasis, la banda británica más aclamada después de los Beatles. Lo curioso y espectacular, es que los hermanos aceptaron.

Lo malo de un documental producido por sus protagonistas es que la historia a contar siempre tiene ese olorcillo a autobombo. Lo bueno, es que si esos protagonistas son Noel y Liam Gallagher, la promoción de la cinta se llena de morbosidad y polémica, lo que generalmente redunda en el éxito de taquilla. En “Supersonic”, los espectadores no encontrarán referencias al britpop, ese gran movimiento que equilibró el rock de los ’90 y que tomó el relevo del grunge norteamericano tras la muerte de Kurt Cobain. Así, mientras el líder de Nirvana se llevaba consigo a un estilo que no fue capaz de resistir su partida, en la vieja Inglaterra ya había bandas como Blur, Suede, The Verve, Supergrass, Ocean Colour Scene, Pulp y Elastica, que concebían a otro gigante, el cual no sería liderado por ninguno de ellos. La cabeza de ese gigante se llamó Oasis.

Ante la imposibilidad narrativa de retratar sus casi 20 años de carrera (desde el ‘91 al 2009), la producción de “Supersonic” se enfocó en un corto periodo (1994 a 1996), una etapa en la que Oasis fue –claramente- la banda más importante del mundo. Whitecross toma la decisión de dedicar gran parte del metraje a narrar cómo afrontaron el éxito y lo que supuso el fenómeno Oasis en los ‘90. Nada más. Por ahí se coló una pequeña aparición de Richard Ashcroft y sería todo. Tampoco nos dan pistas reales del por qué se acabó la banda. La edición omite todo eso, pero el documental termina ganando cuando narra esos meses frenéticos en los que estos jóvenes de Manchester pasaron de ser descubiertos por Alan McGee (de Creation Records) en un club de Glasgow, a ofrecer dos históricos conciertos en Knebworth, ante 250 mil personas.

Cinematográficamente, la realización es bastante clásica, no se sale de los esquemas típicos de los documentales de música: material de archivo (básicamente, conciertos) y grabaciones de voz mezcladas con entrevistas a quienes fueron testigos de esos años de esplendor. La base del documental es profundamente biográfica, pero su sello es la música, particularmente la concebida para “Definitely Maybe” y “What’s the Story? Morning Glory”. Con ese mágico soundtrack de fondo, la fascinación por Oasis se quiere explicar a través del retrato familiar de dos personajes con todo en contra y, además, con el testimonio de la madre de esos personajes. Peggy Gallagher resulta ser gran heroína de esta historia cuando ejemplifica lo que tuco que vivir al proteger a tres hijos de un padre violento; no podía saber esta abnegada madre que esa ira impulsaría el talento de sus dos hijos. “Mamá, voy a ser famoso” le decía Liam, sin mayores ambiciones y queriendo ser siempre un adolescente irresponsable, mientras Noel tocaba la guitarra y convertía su angustia en canciones. Todo ese enojo fue parte de la chispa creativa del grupo y el documental lo deja más que claro, aunque nadie sabía que esta aventura convertiría a los hermanos en “perros y gatos”, “el gin y el tonic”, “Caín y Abel”. Los ex Oasis no son humildes y les gusta mostrar sus trofeos, pero la intención de base es que apreciemos como ni ellos mismos eran conscientes de lo que estaba pasando, hasta que fueron absorbidos por su propia marca y la industria tomó el mando de sus vidas.

¿Qué falta contexto? Claro que sí. Se extraña el porqué del desprecio por el resto de compañeros del britpop, no hablan de política ni cómo el gobierno de Tony Blair y sus leyes culturales ayudaron al nacimiento del movimiento. Apenas aparece Alan McGee para relatar cómo los fichó. No hay sustento, como si Oasis (la banda como parte de una industria) hubiera nacido de la nada. Y ni hablar el cómo relegan a un plano muy secundario al enfrentamiento que siempre tuvieron con Blur, rencillas que alimentaron a la prensa musical por años y de las que, sin duda, nos hubiera gustado oír algo de los protagonistas. Quizás allí la cinta podría haber afinado más, haber tocado los factores contextuales. ¿Por qué ellos? ¿Qué ofrecían para que el público los necesitara tanto?. Pero en 122 minutos se privilegió la “biografía” de dos años.

La parte final también se va como agua entre los dedos. El quiebre de la banda queda graficada de forma precipitada, aunque reconocemos que el arsenal de imágenes es muy generoso y las voces de los hermanos se escuchan francas, hilarantes e, incluso, con mucho dejo de emocionalidad. El que la narración fuera siempre con voz en off, sin ver el rostro de los protagonistas, alimenta el morbo y la curiosidad que siempre ha despertado esta relación de amor-odio entre los hermanos; el documental siempre está tras el conflicto de estos líderes.

La edición es clásica. El soundtrack es una obra maestra y el relato es circular, pues se inicia y concluye en los conciertos de agosto de 1996 en Knebworth, dos noches en las que una multitud los vio descender en helicóptero, tal como el Shea Stadium vio a los Beatles algún día. El último gran concierto antes de la era digital.

Siempre un documental sobre la vida y obra de un músico o una banda es un aporte, por eso, el mundo ha recibido con aplausos esta aventura. Quizás el frenesí con el que corren estos 122 minutos no permiten presentar un relato bello o armonioso, como sí lo sentimos en “Joplin”, “Amy”, o “Living in the Material World”, pero como los fans de Oasis aún tenemos todo muy fresco en la memoria, ver nuevas imágenes y escuchar otros audios sólo aumenta el cariño hacia la banda (o hacia los hermanos). “Supersonic” no pretende mostrar nada que no sepamos, incluso, la forma en que está contada la historia, llena de flashbacks desordenados, no es muy empática, pero qué más da. Ahí están ellos, Liam y Noel, dos caras, dos hooligans del rock que este documental, hecho para nostálgicos de la banda, busca elevar como el último gran momento de la historia de la música.

Por Macarena Polanco G.

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