“The Book of Souls”: Iron Maiden prolongándose como nunca antes

“The Book of Souls”: Iron Maiden prolongándose como nunca antes

Parlophone, 2015

Venían saliendo de la exitosa gira conmemorativa Maiden England (2012-14), en que revisitaron el clásico Seventh Son of a Seventh Son (1988). Antes de que terminase el año se fueron a grabar un nuevo trabajo, entre septiembre y diciembre, al Estudio Guillaume Tell de París. Aquellas sesiones, en el mismo lugar de donde se gestó Brave New World (2000), arrojaron una selección final de once canciones. Pero firme a su costumbre, que se hizo patente desde A Matter of Life and Death (2006), la duración de la mayoría de ellas se extendió mucho —tanto así que, por primera vez en su historia, despacharon un disco de estudio doble.

Pero aquel, bautizado como The Book of Souls, tuvo un largo tiempo de espera hasta ser publicado —el 4 de septiembre de 2015. Debido a la delicada razón del tumor cancerígeno que presentó Bruce Dickinson, en la parte posterior de su lengua, lo que encendió las alarmas por la época —aplazando también, lógicamente, el tour promocional hasta febrero de 2016. Tras el proceso de quimioterapia, el vocalista recibió la luz verde por parte de los doctores; ya curado por completo.

En el intertanto, de esos cinco meses entre la puesta en estanterías hasta el primer concierto, hubo suficiente tiempo para desglosar la 16ª entrega del catálogo —como siempre, desde el año 2000, producido por Kevin Shirley; y cuya imaginería se inclinó hacia la América precolombina de los mayas. La portada encomendada a Mark Wilkinson, que con anterioridad se hizo cargo del remasterizado Live at Donington y Best of the B Sides, a pesar del soberbio Eddie aborigen con pintura facial; quedó al debe por el simplón fondo negro —al que varios fanáticos le añadieron uno nuevo.

Portada original y dos versiones hechas por fanáticos.

If Eternity Should Fail, escrita por el cantante para una futura producción solista, terminó adaptándose para Iron Maiden; en una inmejorable entrada. Como en variadas oportunidades lo hicieron, con otras primeras pistas, se extrapoló como la apertura irrevocable de la gira —y que previo al punzante cambio de ritmo, goza de mucha teatralidad. Speed of Light, que tuvo la labor de ser el single promocional punta de lanza, se inclina a la ciencia ficción y cuyo riff tomó de referencia a Burn de Deep Purple —como atestiguó en entrevista Dickinson sobre lo hecho por su compañero Adrian Smith. La vertiginosidad que un título así puede otorgar, calzó bien con el vistoso clip cuyo concepto fue una línea temporal de videojuegos que protagoniza Eddie —al que, para darle mayor empuje, tuvo una pequeña versión para ser jugado. Faceta tecnológica que no es ajena para ellos; antes explorada con Ed Hunter (1999), al que luego se le añadió Legacy of the Beast (2016).

The Great Unknown, que salió al rescate para la segunda parte del recorrido (2017); reemplazando a Hallowed Be Thy Name, a la que por entonces se le entabló una demanda por derechos de autor —por parte de los también británicos Beckett, satisfactoriamente solucionada para 2018. The Red and the Black, en alusión a la baraja de naipe inglés, es la primera kilométrica en aparecer —por sobre los diez minutos; a la que pronto se le añade, tras el paso de When the River Runs Deep, el igual de largo tema homónimo. En un guiño a la civilización centroamericana, patente en la ya mencionada portada, la cual en palabras del bajista: “Creían que las almas siguen viviendo [después de la muerte]. Los mayas creían en el inframundo y tenían miedo de perder sus almas. Ese elemento místico fue la clave de la canción”. Fascinación hacia grandilocuentes culturas antiguas que ya quedó expresada en la placa Powerslave (1984), en aquel caso hacia la egipcia, siendo una de esas canciones inspiración para el riff de The Book of Souls —la instrumental Losfer Words.

Retoman el segundo disco las altas revoluciones de Death or Glory —basada en un avión de la Primera Guerra Mundial, otra gesta aérea que se añade a Aces High (1984) y Tailgunner (1990); seguida de cerca por Shadows of the Valley. Tears of a Clown, en tanto, tiene nombre y apellido: Robin Williams. Calando fuerte el suicidio del actor, ocurrido en agosto de 2014, terminaron preguntándose ¿Cómo podía estar tan deprimido cuando siempre parecía estar tan feliz?”; en especial Dickinson, quien la sindicó como su favorita de esta colección —inclusive nombrándolo sobre el escenario, antes de ser tocada.

The Man of Sorrows, que no se debe confundir con otra de título muy similar hecha en solitario por el vocalista —Man of Sorrows (1997); es el anticipo a la bajada de telón, que le corresponde a Empire of the Clouds. La que figuró íntegra como el segundo y último single promocional, alcanzó una nueva dimensión surreal: 18 minutos, siendo este el motivo de que no se tratase de un lanzamiento corriente. Una balada solemne, que tomó un mes en ser compuesta, cuyo hilo conductor es el piano de Bruce; quien figura como su único gestor. Y tan grande como es, se enmarca en una historia de igual tamaño: el gigantesco dirigible británico R101, que en su primer vuelo se estrelló en Francia (1930) —muriendo 48 de las 54 personas a bordo, siendo más fatal que el famoso desastre del Hindenburg.

Contabilizando 92 minutos de duración, fue el primero del repertorio que no se cobijó bajo el sello EMI —la distribución adjudicándosela Parlophone. Una muy buena producción a la que se sacó partido, saltándose la tradición de mostrar apenas la mitad de lo facturado; siendo un factor que por primera vez, en mucho tiempo, la composición no fue capitalizada por Harris —volviendo a asomar la dupla Dickinson/Smith, con aportes de Gers y Murray. La Doncella de Hierro brillando entre pirámides escalonadas y selvas tropicales —como lo mostró el video de inicio, apenas se apagaban las luces de las arenas y estadios.

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