Discomanía: “How To Measure A Planet?”, el viaje espacial de The Gathering

El período de finales de los noventa fue una bonita etapa para The Gathering, aunque quizá no tanto para los fans más puristas, del sonido metalero de sus inicios y de discos absolutamente importantes como “Mandylion” o “Nighttime Birds”. Tras la partida del guitarrista Jelmer Wiersma, los miembros restantes de The Gathering decidieron que necesitaban un cambio en la dirección musical. El protagonismo de René Rutten y Frank Boeijen sería importante para llevar a la banda a una evolución que no la veían venir sus fans sumados hasta aquella etapa, pero que dejó cosas absolutamente profundas y geniales y que el tiempo ha hecho crecer muy bien.

Tener un solo guitarrista implicaba más espacio para diferentes elementos y esta era la oportunidad de probar, y no con poco, con un disco doble por primera vez en su historia,  el que terminó siendo uno de los más inspirados de su carrera. The Gathering terminó abrazando el sonido de Radiohead, que un año antes había desenfocado al mundo completo con el impactante OK Computer o bebió la mesura del brillante Mezzanine de Massive Attack y cosas de Portishead, además de la creciente influencia de bandas de shoegaze y la mirada de música de mundo de Dead Can Dance, el grupo aprovechó la oportunidad para experimentar con su sonido y reinventarse y lo logró, sin caer en una copia de moda ni sonar absolutamente comercial.

Bajo la guía del productor Attie Bauw y en la localía holandesa de estudios en Hilversum y Amsterdam, la banda adoptó técnicas de grabación innovadoras y la voluntad de experimentar, alejándose de la estructura estándar de sus grabaciones anteriores. El grupo finalmente desarrolló un sonido diferente, menos estridente, más transparente, más volado y apasionado, que amplió enormemente el espectro y el estilo creativo del grupo, pero por sobre todas las cosas logró transmitir mucho sentimiento en cada una de las notas del disco.

Había un dibujo, un concepto, la idea de dejarse ir, volar, que es lo que vemos en la portada y escuchamos en la música también, por cierto. Centrado en el viaje y movimiento, todas las pistas de los dos discos realmente te hacen sentir como si estuvieras de viaje. Desde la sutileza de “Rescue Me” hasta la fuerza épica de “Liberty Bell” y esos adorables paisajes pinkfloydianos de “Red is a Slow Colour” o la sensibilidad única de “My Electricity”, la banda pudo crear una gama de atmósferas etéreas sin sacrificar su poder. Este álbum lleva el metal a un hermoso lugar nuevo, aprovecha al cien por ciento el talento vocal de Anneke y se convirtió en un gran laboratorio musical, pues fue la senda que adoptó el grupo para siempre y de paso dejando matices de estilo que fueron ocupados por otras bandas de metal como Amorphis, Anathema y tantas otras, dejando por siempre claro que el metal, los synthes y la electrónica no son agua y aceite, sino que todo lo contrario, más aún cuando se ocupan con visión y talento como este gran caso.

Por Patricio Avendaño R.

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