Disco Inmortal: Screaming Trees – Sweet Oblivion (1992)

Disco Inmortal: Screaming Trees – Sweet Oblivion (1992)

El year punk broke ya había dado su estocada letal con el Nevermind en 1991. Un año más tarde, la nueva generación musical ya se había transformado e instalado, y los desconocidos monarcas de los noventas dejaban atrás el brushing, la laca y la pomposidad exagerada de los ’80s que inundaban en la música popular; las nuevas melodías más bien provenían del linaje de Hendrix, en el frío Seattle, donde se centraban todas las miradas.  Ahí es donde se palpitó el pulso de ese sonido que muchos hoy recuerdan (y extrañan). El grunge engendraría en el otoño del ’92 uno de sus hijos prodigios, pero que se quedó en las sombras, tras las líneas enemigas de la fama esquizofrénica que prostituyó a varios de sus hermanos de la misma edad, como Core o Dirt. A algunos, la gloria llanamente no les corresponde, y este es el caso de Sweet Oblivion, el sexto álbum de Screaming Trees, cuyo nombre parece ser una irónica epifanía.

Los Trees suenan, un poco, como The Byrds, MC5, Stooges, Love y Free (el propio Lanegan reconoce que sonaban como ellos). Fue ese sonido el que los llevó a firmar por Epic en 1989, siendo uno de los primeros grupos del circuito en firmar por un gigante discográfico tras pasearse por SST y SubPop. Por desgracia, esto no significó en lo más mínimo que la banda experimentara la popularidad y el éxito grotesco de sus amigos de escenario.

A mi parecer, este es un disco muy bien logrado, de los mejores que se hicieron en la época y quizás el mejor de la banda, y vaya que es complicado hacer estas declaraciones. Su encanto no reside en que sea un álbum “fantástico” o la piedra filosofal del grunge, sino, porque simplemente es grandioso de principio a fin; uno no para de cabecear, de tararear, de querer que sigan sonando una tras otra y tras otra las pistas del elepé. La fórmula magistral consistía en ser la mejor banda de garage del mundo, hasta el punto de no parecerlo, y lo cierto es que se logró.

La sonoridad de Sweet Oblivion nos remite a edades pasadas del rocanrol. Las guitarras de Gary Lee tienen ese toque sicodélico de los ’60, esos riffs del mejor hard rock de los ‘70 y la personalidad pujante del garage de los ’80, cualidades que comparten las líneas de bajo de su hermano Van. El cruce de estas raíces se concretó en algo intenso y febril hasta decir basta, luego de casi una década de intentos fallidos. Sería políticamente incorrecto agradecer a las tendencias autodestructivas y al odio parido que se profesaban los hermanos Conner, más todas esas conocidas noches de fiesta, alcohol y experimentaciones con LSD por este sonido logrado, pero qué más da, así es la historia del rock: ¡gracias por los excesos, Van y Gary! (y no me refiero a su tamaño XL).

Junto al mejor momento de los hermanos Conner,  retumba a la par el trabajo extraordinario en batería del viejo Barrett Martin, que llega a los Trees reemplazando a Marcos Pickerel en el tiempo preciso. Martin es un baterista que golpea duro, pero no por eso su ejecución es menos limpia. Es casi como Dave Grohl, pero no tan nervioso, y más suave por cierto.

El rol de Mark Lanegan es un punto aparte.  Su voz sin duda es de una riqueza sin parangón que hasta estos días se valora de manera casi religiosa. Su tono de barítono desdeñoso transmite una melancolía que añade una dimensión inesperada al grupo. Tiene un estilo completamente diferente al de sus colegas, y aunque posee esa cualidad de tener un timbre suave y que  puede cambiarlo de volumen, hacerlo más agudo y desgarrador, como Cobain o Cornell, no es tan errático en su ejecución. Incluso, podríamos decir que es acá donde nace su leyenda, que se concreta con el maravillo Whiskey For The Holy Ghost, su trabajo solista de 1994.

Sobre las canciones, me es imposible escoger una por sobre otra. Desde el primer impacto con ese manual de cómo hacer grunge llamado ‘Shadow Of The Season’ hasta la murder ballad ‘Julie Paradise’ que pareciese capaz de mover murallas, todas las canciones tienen algo que decir y aportar, y hacer que este “dulce olvido” sea de lo más agradable. Así van pasando la pegadiza ‘Nearly Lost You’, la conmovedora ‘Dollar Bill’, la densa ‘More Or Less’, la dinámica ‘Butterfly’, la precipitada ‘For Celebration Past’, la rockera de vieja escuela ‘Secret Kind’, la estremecedora ‘Winter Song’, la lisérgica ‘Troubled Times’ y la nostálgica ‘No One Knows’, para completar la catarsis.

Este es el encanto del disco: que se logra entender como un todo. Las canciones van entramándose las unas a las otras, no en el sentido progresivo ni nada de eso, sino que teniendo una lectura uniforme, coherente y no por eso, aburrida o menos creativa; que tiene un ritmo exquisito y te mantiene expectante. Algunos dirán que son todas parecidas, y sí, puede ser, tienen estructuras similares.

Por ejemplo, podemos analizar la primera y última canción: el track #1 empieza con unas baterías medias tribales, un rotundo riff semi-duro y las líneas de bajo constantes acompañando a las frases “susurradas” por Lanegan para luego reventar con todo. En el epitafio del disco, se insiste en este ritual: inicio pausado con una guitarra suave, voces muy bajas y, luego de la tensión, salir a un ritmo trepidante que juega al gato y al ratón con el sonido inicial de los primeros minutos, para finalmente explotar en lúcidos solos de guitarra disparados por Gary Lee contaminados de fuzz y wah wah, un espectáculo de gritos descollantes al ritmo frenético de batería y un bajo fuera de si. ¿Sonará esto a algo aburrido, sin nada que aportar? Es cosa que le den al play y lo averigüen.

Vale hacer una mención aparte a la más popular del álbum: la cantable a más no poder ‘Nearly Lost You’, la segunda en el tracklist del disco, que apareció en la banda sonora de Singles, la comedia romántica de la Generación-X dirigida por Cameron Crowe. También fue el primer single, obteniendo una buena recepción y que intentó catapultar a los Trees a una tribuna más amplia, no resultando mucho que digamos (se vendieron unas 300.000 copias, 100 veces menos que Nevermind, para hacer una comparación), pero logró que muchos coreáramos en un loop infinito y al unísono la frase del estribillo: “I nearly lost you there”.

Sweet Oblivion es una cita obligada para cualquier amante de la música con sentimiento. Un disco lleno de color, interpretado por tipos insobornables, dinámicos e imaginativos, que se movían como pez en el agua en los terrenos de la música alternativa, entendiéndo muy bien el espíritu de su tiempo. Seguramente, cuando el productor Don Fleming los encerró en el estudio en 1992, no se imaginó que descubrirían, musicalmente, la fórmula maestra de una obra de rock. Un indiscutible de los años noventa, que por una injusticia casi proverbial, está en la impoluta posición de los discos de culto.

César Tudela B.

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