“Once Upon the Cross”-Deicide: el descaro de Satán

“Once Upon the Cross”-Deicide: el descaro de Satán

Después de regalarle al mundo una obra del porte de “Legion”,  disco clave para el death metal, la banda estadounidense no podía dormirse en los laureles, pero debía planificar bien su siguiente paso. Deicide vivía un gran momento, tras una exitosa gira de dos años y a pesar de todos los incidentes que había en cada presentación (se habló mucho de un intento de asesinato a Benton, en un show en Suecia, y de una bomba casera que explotó en Alemania); pero en la batalla por ser el mejor entre los blasfemos de los ‘90, finalmente sería la música más asesina y brutal la que otorgaría ese estandarte. Y considerando que sus “rivales”  Obituary, Cannibal Corpse y Morbid Angel estaban entregando discos que enloquecían a la fanaticada, Benton y los suyos no podían conformarse con entregar algo solamente comercial.

“Once Upon the Cross”, con la producción de Scott Burns, es death brutal y directo, sin artilugios de producción. Abre con una intro de película y de repente nos lanza  una montaña de riffs de parte de los  hermanos Hoffman y harto blast beat. “Christ Denied” es un delirio para el  headbanger; “When Satan Rules His World” tiene una atmósfera de devastación, con guitarras que se parten en dos y una batería portentosa que le hace daño a tu espalda, la misma sensación que atraviesa el álbum.  “Kill The Christian” es uno de los himnos que dejó esta placa, mientras que “Trick Or Betrayed” tiene una aura a Morbid Angel y “They Are The Children of the Underworld”, es una interesante mezcla entre “Beneath The Remains” y “Legion”, lo que reluce su brutalidad pero le da un toque menos acelerado. “Behind the Light Thou Shall Rise” destaca por tirar algo de thrash a la mesa y hacer la diferencia con sus predecesores en cuanto a la velocidad, pero rigiéndose por los cánones del death clásico.

Eric y Brian Hoffman vuelven a destacar por sobre sus compañeros porque sus guitarras lanzan riffs que parten la cabeza, mucho más directos que en el pasado y, tal vez, menos técnicos, pero igual de eficientes al momento de tasar una obra que tenía la difícil misión de continuar la línea de un histórico, junto con tratar de seguir sembrando en un terreno que se llenaba de variedad de oferta musical.

Deicide hizo realidad un disco que convierte al público en su alimento, y  ese es el resumen de estos 28 minutos; el disco se acompañó de un libro con fotos bien crudas y directas que solo ayudaron a fomentar su fama de banda polémica y anti cristiana. Para los críticos, este sería el último disco donde escucharíamos a Deicide en esencia, porque hay blasfemia y suena malévolo, pero el debate siempre ha sido si lo es en la misma dosis que en los anteriores; pero tal como dijeron en una entrevista concedida a Nación Rock en 2017 “nosotros somos los encargados de mantener nuestro legado”, ese que habla de cómo (marketeramente) matar a Cristo, y para ese objetivo este disco es un innegable gran intento.

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