“Slaves and Masters”: Deep Purple muy a la Rainbow

“Slaves and Masters”: Deep Purple muy a la Rainbow

La reunión de la formación clásica de los ingleses, conocida como Mark II, no fue tan fructífera como se pudo haber imaginado. Porque tras las producciones de Perfect Strangers (1984) y The House of Blue Light (1987), otra vez aparecieron las fricciones entre Ritchie Blackmore e Ian Gillan —terminando con la salida de este último. Como reemplazo del vocalista se pensó en disponer el elemento punzante para darle espacio a lo melódico; en primera instancia teniendo como opción a Jimi Jamison, aprovechando el hiato por el que pasaba Survivor. Pero quien se adjudicó el puesto fue Joe Lynn Turner; que venía de grabar, con Yngwie Malmsteen, el muy bien facturado Odyssey (1988) —además del en vivo Trial by Fire (1989).

Un nombre para nada ajeno al árbol genealógico púrpura, puesto que el oriundo de Nueva Jersey ya había trabajado en el pasado con el guitarrista y el bajista; nada menos que en Rainbow. Y allí su labor no fue menor, antes de que quedase desmantelado en desmedro de la reformulación de Deep Purple. Ello porque anterior a su llegada, la banda del arcoíris sólo poseía la etiqueta de culto, con buen arrastre en Europa y Japón; pero no irrumpió el mayor mercado musical. Él resultó ser el punto bisagra que, bajo una faceta suavizada, los colocó en las radios estadounidenses. Una muy buena racha que comenzó Difficult to Cure (1981), continuó Straight Between the Eyes (1982) y cerró Bent Out of Shape (1983).

Por aquella razón no es de extrañar que Slaves and Masters, publicado el 5 de octubre de 1990, fuese una secuela natural —pese a que se encontrasen las partes en otra agrupación. La 13ª incursión del catálogo, que como de costumbre tuvo al encargado de las cuatro cuerdas también tras las perillas, se repartió las grabaciones entre Florida, Connecticut y Nueva York; dándole nueva apariencia, deformada, al insigne logo DP —dentro de una bola de cristal.

Y es el nuevo integrante quien entra con un gancho de derecha, cortesía de King of Dreams; que de hecho es con lo que mejor se recuerda de aquella encarnación. Power ballad con mucha potencia y personalidad, forajida, que inicia con ritmo golpeado unos jadeos y la batería de Ian Paice; que rejuvenece a Purple con un clip que roza lo vertiginoso —un plus para quienes nunca destacaron por su videografía. Teniendo en total protagonismo a aquel “héroe de segunda mano”, un amante lleno de misterio con dotes de encantador —correspondiéndole ser el single promocional punta de lanza.

Se pisa el acelerador para The Cut Runs Deep y Fire in the Basement —esta última que, gracias a las teclas de Jon Lord, llega casi a lo bailable. Faceta que no se le asocia mucho a Turner, pero en la que tiene buen desenvolvimiento; el ejemplo de mayor recurrencia siendo Death Alley Driver (1982). Se entra a profundas aguas con Truth Hurts, sirviendo de medio tiempo la juguetona Breakfast in Bed, que se decanta hacia la sentida Love Conquers All. El segundo, y último, single promocional; diametralmente opuesto al anterior, en una baja de revoluciones que no se veía tan marcada desde el periodo de David Coverdale en las voces (1974-76) —incluso valiéndose de arreglos en cuerdas. Vibra que se extiende, en una veta acercada al melancólico blues, hasta Fortuneteller —que en pequeñas dosis puede recordar a Soldier of Fortune (1974). La bajada de telón quedándole a la jovial Too Much Is Not Enough y el desenfreno de Wicked Ways.

Un disco único en su especie dentro de la carrera de Deep Purple, muy influenciado quien estuvo detrás del micrófono —muy presente al momento de componer, y que pronto quedaría fuera de la ecuación para el tercer retorno del ya mencionado Ian Gillan. Pero no fue del todo bien recibido, las críticas apuntando a la emulación del estilo de grupos como Foreigner; aunque por supuesto su clasificación más certera es Rainbow —por el visible tridente de Turner, Blackmore y Glover. La gira promocional gozó de mejor pasar por Europa, aunque la novedad fue el primer asomo en la región sudamericana —sólo en Brasil. Una vez terminado el recorrido, todas las canciones quedaron relegadas al baúl de los olvidos; pero el cantante, en formato solista, ha rescatado un puñado de ellas —como asimismo en un proyecto que montó junto a Glenn Hughes (2001-04). Puede tomársele como algo ligero a Slaves and Masters, pero no puede pasarse por alto la elegancia que desprende.