Disco Inmortal: Portishead (1997)

Disco Inmortal: Portishead (1997)

Go! Discos, London Records, 1997

Llevar las cosas al extremo a su modo. Presentándose ante los oídos impacientes, como música poco accesible (que quizás no deberían escuchar), algo que es mejor dejar pasar y dedicar su atención a algo más llevadero. Pero para los que están dispuestos a pasar un tiempo con este álbum, la recompensa no tarda tanto en llegar. Es sutil, rítmico, sorpresivo y a falta de una mejor palabra para describirlo “ácido”. Nos vamos al año 1997, para revisar el enigmático y a la vez, carismático “Portishead” de Portishead.

La banda ya había conocido el éxito durante el año 1994 con su primer álbum: “Dummy”, que fue concebido luego del lanzamiento del cortometraje “To kill a dead man” protagonizado por ellos mismos; también una pieza misteriosa e intrincada, pero a estas alturas, más simpático que profundo. El éxito fue instantáneo, alcanzando a esas instancias lo que pareciera ninguna banda noventera quería llegar: el mainstream y la clasificación de su música; en este caso, “trip-hop”. De hecho, se volvieron referentes del estilo, lo cual se convirtió en otro incentivo para alejarse de la moda que ellos mismos habían provocado.

Un disco más oscuro, experimental y enigmático que su predecesor. Desde el minuto cero es puro misterio y mordacidad, que te deja claro que es el mismo grupo de siempre, pero tomó sus propios elementos y los llevó al siguiente nivel sin forzar nada, fluyendo hasta espacios más tenebrosos y menos amigables, incluso tiene algunos pasajes un tanto disonantes, que te provocan una confusión que, cuando se trata de música, se agradece mucho.

La voz de Beth Gibbons aparece con una leve distorsión en las canciones más álgidas del álbum, dándole un tono más sombrío y dramático. Sin embargo, otras canciones que son de un corte más bien mustio, tienen una voz limpia y natural que aporta una dulzura que se ajusta de maravilla a la teatralidad del disco que pasea entre canciones histéricas, melancólicas y enigmáticas. El componente electrónico tiene un papel protagónico, aportando los paisajes y texturas necesarias para que las historias de soledad, introspección y una suerte de amor poético y enfermizo se cuenten con todos los elementos que merecen, dándonos todo lo necesario para que nos pongamos en los zapatos del trío de Bristol y entendamos lo que nos quieren transmitir.

La canción que más destacó mediáticamente fue “All Mine”, con una introducción impactante y una atmósfera que va tejiendo una historia de amor obsesivo y tal vez “asesino”. Tiene un video, un tanto extraño, que muestra a una niña pequeña en lo que pareciera ser un show televisivo de la época clásica. Esta canción también fue versionada dos años más tarde por Tom Jones en colaboración con “The divine comedy” (grupo también muy interesante) logrando una propuesta nada despreciable y muy apegada al tema original. Sin embargo, hay mucho que destacar del resto del disco, como la conmovedora “Undenied”, el misterio de “Humming”, la oscuridad de “Seven months” y, en definitiva todas las demás canciones gozan de un encanto único que les da una belleza que debes oír más de una vez para apreciar realmente este trabajo, y es porque este trío sí que sabe contar historias y atraparte desde un principio en los pequeños viajes que se emprenden en cada canción.

La sensación general que da este disco es que evoca a esas estrellas femeninas vintage de los años 50´s, con todo y orquesta, que brillaban en los escenarios y enamoraban a su audiencia. Donde la música era a veces dramática y a veces muy alegre, pero siempre espectacular y fácil de seguir y digerir. Sin embargo, Portishead –si bien hace lo mismo- lo realiza de una forma oscura, incluso “venenosa”, como si fuera una versión podrida de los éxitos de aquellos años. Reclamando que los tiempos ya habían cambiado y la época dorada donde todo era perfección y show terminaron; tomaron las cenizas y le dieron una forma, que como mencionábamos en un principio, a falta de una mejor palabra, es “ácida”.

Por Cristóbal Fernández