Castle Rat: Bajo el hechizo de guitarras encantadas
Desde su formación en 2019, Castle Rat ha pasado de construir una banda llena de sonidos, doom, heavy y del ala más pesada del grunge, a construir un universo propio. Ese mundo alcanza su forma más definida en “The Bestiary”, su segundo álbum y uno de los lanzamientos más comentados y elogiados del año; una obra que funciona tanto como disco de doom/metal como crónica fantástica.
El cuarteto neoyorquino entiende el escenario como un espacio narrativo. Cada integrante encarna un personaje: Riley Pinkerton, vocalista y guitarrista, es la Reina Rata; Franco Vittore, guitarrista principal, el Conde; Charley Ruddell, bajista, el Doctor Plaga —con su atuendo inspirado en los médicos de la peste medieval— y Josh Strmic, en la batería, el Druida.
Lo que comenzó, según Pinkerton, como un experimento liberador una noche de Halloween (tocar disfrazados y sentirse distintos) terminó convirtiéndose en un lore serio y cuidadosamente desarrollado: una mitología propia donde existen criaturas míticas y figuras recurrentes como su némesis, The Rat Reaperess (la Segadora de Ratas), quien es interpretada en cada concierto por una artista de performance cercana a la banda.
Tras el debut “Into The Realm” (2024), que los colocó rápidamente en el radar del underground, Castle Rat decidió dar un paso más ambicioso. Para grabar su segundo disco lanzaron una campaña en Kickstarter que se cerró en apenas 37 minutos: 1,631 patrocinadores reunieron 139 mil dólares para expandir tanto el sonido como la mitología de El Reino. El objetivo era claro: The Bestiary sería un catálogo musical con canciones dedicadas a criaturas, elementos y seres distintos como Aves fénix, lobos, unicornios, serpientes y dragones.
Lanzado en septiembre de 2025 por King Volume Records en Norteamérica y Blues Funeral Recordings en Europa (ambos sellos de nicho para la escena doom/stoner), el álbum contiene trece temas que combinan riffs pesados, dialogan tanto con los cimientos del doom como con otros géneros hermanos; un poco de grunge por aquí, un tanto de stoner por allá. La relación con el heavy metal es más un tema gráfico, como si Frank Frazetta los hubiera dibujado.
Incluso su sonido parece deliberadamente anacrónico, más cercano a una reliquia de 1975 desenterrada de un bosque oscuro que al metal pulido contemporáneo. Riffs monolíticos, pesados en lo físico, conviven con la voz de Pinkerton, que rehúye los guturales para moverse entre una dulzura onírica y una autoridad casi sacerdotal.
Aquí la música, obviamente influenciada por Black Sabbath, funciona como vehículo narrativo. Es una propuesta de teatralidad asumida sin ironía por una banda que ha condensado décadas de herencia proto-metal en algo que se siente fresco precisamente porque no teme mirar atrás, aunque sin quedarse en el simple revival. Si su debut fue una irrupción sorprendente, este disco confirma que lo suyo no era solo un disfraz bien ejecutado, sino la construcción paciente de un nuevo mito. Han levantado su propio castillo y todo indica que no piensan abandonarlo pronto.
