Die Spitz: Cuando el ruido no desaparece, solo se transforma

Die Spitz: Cuando el ruido no desaparece, solo se transforma

Uno de los discos que destacamos este año en nuestro listado ha sido, tal vez, uno de los mejores debuts de la década al mismo tiempo. Y no queremos dejar escapar este año sin hablar un poco más de ellas y lo que ha pasado desde su primer lanzamiento oficial en septiembre.

Y es que desde Austin, Texas, Die Spitz ha levantado sus propias barricadas en la escena alternativa, cuadrándose como una de las propuestas femeninas más agresivas de la temporada. Su primer álbum, Something To Consume, es una ruda y directa invitación a vivir al límite entre un cruce generacional de influencias que saltan y conectan en el tiempo con naturalidad, entre el punk, el metal, el sludge, el shoegaze y el indie rock, sin quedar atrapadas entre tanta etiqueta, ya que logran condensar ese ruido de décadas y volverlo tan propio que parece que la verdadera dinamita original estaba esperando justo en este punto de partida. Y vamos, aprovechemos ese aire joven que entrega el primer incendio de una banda que, por cierto, tiene todas las ganas y solo promedia los 22 años de edad.

El cuarteto, formado por Ellie Livingston, Kate Halter, Ava Schrobilgen y Chloe De St. Aubin, construye un sonido que remite tanto a la agresión directa del punk noventero como a la densidad del metal alternativo y la melancolía distorsionada del shoegaze. Canciones como Throw Yourself To The Sword lanzan verdaderas bombas a través de sus riffs, potenciadas al candor de una base rítmica implacable que conecta con el sludge, doom y el noise rock (no es raro ver a Livingston en pose ocultista tocando riffs endemoniados, cual Tony Iommi en la era setentera de Black Sabbath, como así su constante estética de fantasmas, horror y sangre), pero no sin mediar todo con un mensaje. Livingston concibe la canción como un golpe adrenalínico de autoestima: “Sé la zorra que eres entre la gente común y usa tu voz como una persona joven”, dice. “No dejes que estos viejos te digan que no puedes hacer nada”.

Otros pasajes evocan el espíritu DIY del punk clásico y el indie de los 80 y 90, algo bastante crudo e inverosímil si se considera que dos de ellas se conocieron estudiando ballet en la secundaria. En sus primeros años, las amigas hacían música que Livingston describió en una entrevista de 2023 como “payasadas cowpunk que recordaban a Pixies”, pero con el tiempo decidieron subir el octanaje, endurecer las guitarras y sonar más densas y viscerales. Y hasta ahora, lo han conseguido.

“Puede que al principio suene a una canción de amor, pero cuando el ritmo cobra fuerza, es la obsesión la que se apodera de nosotros”, explica Schrobilgen sobre Pop Punk Anthem. El grupo de Austin también se ha hecho conocido por sus conciertos en vivo, verdaderos actos de combustión heredados de la escuela ruidosa noventera: Halter tocando el bajo en medio del público, Schrobilgen gruñendo como poseída por algo y Livingston posando con el micrófono sobre la barra del local o subiéndose a las vigas, todo atravesado por momentos de catarsis colectiva entre las cuatro.

Bajo el alero de Third Man Records, el sello de Jack White, el disco fue grabado junto al productor Will Yip (Mannequin Pussy, Nothing, Scowl), quien amplificó el tamaño del sonido sin pulir su aspereza, a propósito. En los singles previos ya se percibía que Something To Consume sería garagiento y noisy, pero no menos ambicioso, grande, ruidoso y visceral, lo que sí, nunca limpio ni complaciente. Se siente el sudor, la suciedad y la intención detrás de cada golpe, con una clara ambición de ir por ese “algo más”. En lo lírico, el álbum oscila entre lo íntimo y lo político: el amor como dependencia, la apatía como amenaza constante y la frustración frente a la era Trumpista en Estados Unidos, el tardocapitalismo y la fuerte parada al frente en temas como Voir Dire y Down On It.

 

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